Las palabras que Yo os mando

“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” Deuteronomio 6:6-7

Moisés ha invertido un buen tiempo compartiéndoles al pueblo, que acaba de salir de Egipto, los mandamientos y estatutos que Dios pide de ellos. Luego les comparte la Shemá, la instrucción que Jesús luego calificaría como el más importante de los mandamientos: “Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es. Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas.” (Mateo 12:29b-30a). ¿No es fascinante que hace unos 3600 años, ya la Biblia resalte que solo existe un Dios? ¿Y no es todavía más hermoso que luego de darles todos los mandamientos, la prioridad para Dios sea que lo amemos con todo nuestro corazón, mente y fuerzas? Dios no quiere religión. No se trata solo de obedecerlo sino de cómo lo hacemos. Si le dices a tu hijo que recoja su ropa sucia y la coloque en la lavadora, él puede obedecer de maneras diversas. Puede ir diligentemente y contento a buscarla, puede ir malhumorado, pero sin chistar, o puede obedecer quejándose, arrojando la ropa dentro del cesto con ira y amargura de alma. ¿Te da igual como lo haga? No lo creo.

Ahora bien, no podemos amar a Dios si no lo conocemos. Tampoco podemos conocerlo basado en lo que suponemos o suponen otros. Pero Dios se revela en su Palabra. Allí Él se presenta, se define, nos cuenta lo que le gusta y lo que no, lo que nos conviene y lo que no, y las consecuencias de la obediencia a esa Palabra, así como las consecuencias de la desobediencia a ella. En resumen, no podemos seguir a Jesús si no conocemos su Palabra. Por eso, inmediatamente que Moisés comparte, de parte de Dios, sus decretos y normas, nos da la fórmula para transformar nuestra manera de pensar: Llevar esas instrucciones en el corazón, ¿cómo? Repitiéndolas a nuestros hijos, hablando de ellas en la casa y en el camino, de día y de noche. Y nosotros pensamos: “¿Qué exageración?” Pero ¿te has puesto a pensar cuantas instrucciones opuestas a la Palabra escuchas y ves cada hora de cada día? Cada mensaje por el teléfono, las series y películas, conversaciones, etc. Solo hablando Palabra de Dios con frecuencia podemos renovar nuestras mentes y transformarlas. Esto es tan importante para Dios que la instrucción continúa:

“Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre tus ojos; y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas.” Deuteronomio 6:8-9

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