¿Transformado o solo Motivado?

“Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero.” Hechos 8:18

Simón había sido un experimentado practicante de la magia, al punto que con sus “artes mágicas” había engañado a todos, a los influyentes y analfabetas, a grandes y chicos. Todos admiraban su poder hasta que Felipe, un seguidor de Jesús (no el apóstol), fue a Samaria a predicar, esparcido por la fuerte persecución iniciada en Jerusalén por Saulo y el apedreamiento hasta la muerte del fiel Esteban. Cuando el pueblo comenzó a convertirse y bautizarse, también lo hizo Simón y se volvió discípulo de Felipe. Poco después los apóstoles Pedro y Juan fueron informados del gran avivamiento que ocurría en Samaria y fueron enviados allá probablemente para constatar lo que ocurría en esta tierra de no judíos, así como para apoyar. Pero los seguidores de Felipe nunca habían sido bautizados en el Espíritu Santo, por lo que Pedro y Juan comenzarlo a hacerlo imponiéndoles las manos. Cuando Simón vio las manifestaciones físicas en los bautizados por el Espíritu (quizás hablaban en lenguas, caían en el descanso, se embriagaban en el Espíritu, temblaban o simplemente se quebrantaban), extrañó la gloria que tenía antes, la admiración que recibía, y como tenía dinero, lo ofreció para adquirir ese poder. En otras palabras, Simón no había puesto los ojos en Jesús sino en si mismo y había conseguido el balance perfecto: Seguir a Cristo y ser admirado por tener poder divino.

Pero ese balance no existe. No se puede seguir a Jesús y seguirse a sí mismo. No es posible amar a Dios y al mundo. Santiago dice que el que se hace amigo del mundo (refiriéndose no a la gente sino al sistema de este mundo), automáticamente se convierte en enemigo de Dios. El poder de Dios en los creyentes es bueno, pero solo cuando estos creyentes entienden que viene de Dios, no de ellos. El poder de Dios debe humillarnos, nunca exaltarnos. Ser instrumentos de Dios es un privilegio y una gran responsabilidad, no un derecho. El poder de Dios se perfecciona en nuestra debilidad, no en nuestra astucia ni retórica. Jesús no murió en una cruz para que tú seas poderoso para tu propio beneficio. Simón había creído en Jesús, pero su corazón estaba solo motivado, no transformado. Él quería seguir a Cristo, pero vivir a su manera, siendo el centro de todo. Su carne anhelaba ser la estrella, y con Dios siempre seremos segundos, nunca los primeros. Por eso Pedro le confronta:

“Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón.” Hechos 8:22

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