Lecciones de Josué y Acán – P1

“Por esto los hijos de Israel no podrán hacer frente a sus enemigos, sino que delante de sus enemigos volverán la espalda, por cuanto han venido a ser anatema; ni estaré más con vosotros, si no destruyereis el anatema de en medio de vosotros.” Josué 7:12

Después de vencer de manera sobrenatural a Jericó, Israel acaba de perder una batalla contra el pequeño ejército de Hai. Debido a esto, Josué y sus soldados estaban en shock, pero Dios les explica que las maldiciones tienen una causa, que Él no permite que seamos vencidos sin una razón. Todo el pueblo había sido advertido muy claramente que, por ser Jericó la primera batalla que pelearían como parte de la posesión de la tierra prometida, todo el botín debería ser destruido, y el oro y la plata debían llevarse al tabernáculo, como primicia para Jehová. Desafortunadamente un hombre llamado Acán decidió buscar seguridad financiera por sus propio medios y astucia, en vez de confiar en Dios, y vio, codició y tomó un manto babilónico, un lingote de oro y doscientos siclos de plata. Luego ocultó todo aquello bajo tierra, en su propia casa, confiado en que nadie se enteraría. Pero Dios explicaría luego que, debido a ese gran pecado, perdieron la siguiente batalla.  

Es comprensible que, como preparación para la batalla contra Jericó, una ciudad tan fuertemente amurallada y que era absolutamente impenetrable con las armas de la época, Josué y sus comandantes buscaran intensamente a Dios. Sin embargo, luego de la gran victoria menospreciaron a Hai y la atacaron con el mínimo de soldados, para no fatigarlos. Pienso que, si Josué y sus líderes hubieran orado y buscado la guía divina, Dios les hubiera advertido de la derrota y no hubieran quedado alrededor de 36 familias sin padre. Pero confiados por lo que veían sus ojos, atacaron y tuvieron que huir vergonzosamente para salvarse, porque el pecado de Acán (y quizás la complicidad de algunos de sus familiares que seguramente se habían enterado), los había debilitado. Por eso quiero invitarte a involucrar a Dios en los grandes acontecimientos de tu vida, pero también en los cotidianos. De igual modo, quiero animarte a que te apartes de cualquiera que sea tu pecado porque, al final del día solo te debilita. El pecado oculto impide el alcance de las promesas y nuestras victorias. No importa cuán astutos seamos y cuantas precauciones tomemos para no ser descubiertos, el pecado siempre saldrá a la luz.

“Porque nada hay encubierto, que no haya de descubrirse; ni oculto, que no haya de saberse.” Jesús en Lucas 12:2

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