Lecciones de Josué y Acán – P2

“Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro?” Josué 7:10

Luego del impacto de perder vergonzosamente una fácil batalla, de la que tuvieron que huir y donde perdieron a unos 36 soldados, Josué está desalentado junto con su ejército. Se postran ante el tabernáculo y claman en dolor, y como cualquier ser humano, le reclaman a Dios: “¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!” Pero la respuesta de Dios es relevante: “Levántate, ¿por qué te postras…?” Creo que Dios les estaba diciendo algo como, “¿crees que soy esquizofrénico que cambio de opinión? Empieza por preguntar. La maldición nunca viene sin causa, y ésta vino por desobediencia. El pueblo ha prevaricado, ha tomado de lo Yo ordené que no se tomara.”

La razón por la que habían perdido de una manera tan brutal una batalla que debieron ganar de manera fácil, no fue porque el ejército enemigo fue muy estratégico, no.  Tampoco porque Dios les dio la espalda sin razón. El problema fue causado por un tal Acán quien, al momento de atacar y destruir a Jericó (la batalla anterior), decidió quedarse con un manto babilónico muy costoso que debía ser quemado, y con un lingote de oro y doscientos siclos de plata que debían fundirse y ser parte del tabernáculo como ofrenda (primicia) a Jehová. Hay dificultades en nuestra vida que están bloqueadas, no por Dios, sino por nuestro carácter, por nuestra conducta, o más específicamente, por un pecado oculto que desagrada a Dios. Vemos como el pueblo no podía avanzar hasta que eliminaran esta maldición que había caído sobre ellos. Quizás tú te esfuerzas de manera constante, crees en Dios y esperas promesas que parece que nunca se materializan, y al igual que Josué te enojas y le dices “¿Hasta cuando Dios? ¿Por qué me pasa esto?” Y quizás te arrodillas y clamas, pero Él te dice hoy: “¿Por qué te postras sobre tu rostro? La solución no es arrodillarte sino cambiar tu corazón. Debes desarraigar el pecado de Acán.” A lo mejor en tu caso es la necesidad de que perdones lo que te hicieron, o que te perdones a ti mismo lo que hiciste. Quizás sea honrar a unos padres difíciles o a tu cónyuge, dejar de mentir o maldecir, cambiar tu carácter o entregarle a Dios la lujuria, o la envidia, o unos celos enfermizos. Pero tú los tienes que erradicar.

“… no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros” Josué 7:13b

Los comentarios están cerrados.