Restauremos el Honor – P1

“Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos.” Marcos 6:5
La Biblia nos enseña que cuando Jesús pasaba por una ciudad, todo cambiaba. Al siguiente día no había ciegos ni paralíticos mendigando, no se escuchaba las campanas de los leprosos anunciando su enfermedad ni había balbuceo de sordomudos tratando de hacerse entender. Los endemoniados pasaban sonrientes, saludaban y estaban en su pleno juicio. La atmósfera cambiaba porque el Príncipe de Paz había pasado por allí. Mateo nos narra que, en una oportunidad, “… cuando llegó la noche, trajeron a Él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos.” No sanó a la mayoría sino a todos. Sin embargo, cuando llegó a su pueblo, a su gente, estos se escandalizaron de que Él dijera que era el Mesías. Gritaban entre ellos deshonrándole y diciendo: “¿No es este el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?” Lo deshonraban sin entender quién era, a qué venía ni lo que se estaban perdiendo. Ahora bien, deshonrar significa considerar común, degradar, subestimar, irrespetar. Y trae consecuencias.
Jesús, el Rey de reyes, el Salvador, el Mesías estaba frente a ellos, imposibilitado de bendecirlos. Lee de nuevo la cita inicial: No pudo hacer allí ningún milagro. No es que no quiso, sino que no pudo. No es que perdió su unción, es que allí no pudo ponerla en acción, ¿por qué? Porque Dios no se manifiesta donde se le necesita sino donde se le honra. La honra genera fe e implica respeto y admiración. Lo que piensas de Dios determina lo que recibes de Él. Si crees que Dios te manda enfermedades porque te portaste mal, lo deshonras porque Él es siempre bueno y solo sabe hacer el bien. Si maldices o desprecias lo que Él te da, incluyendo tu cuerpo, tu familia, tu trabajo o tu provisión diaria, lo excluyes de obrar en tu vida y le impides intervenir en ella. Si lees este post pensando que soy un cualquiera que escribió una opinión irrelevante, desperdicias la semilla que estoy tratando de sembrar en tu corazón. No puedes recibir nada de aquel a quien deshonras. Aprende a honrar a Dios, a meditar en su benevolencia y en su grandeza. Aproxímalo siempre con respeto, con profundo amor, agradecimiento y en reverencia. Él es digno. Asómbralo con tu fe, no con tu incredulidad…
“Y estaba asombrado de la incredulidad de ellos. Y recorría las aldeas de alrededor, enseñando.” Marcos 6:6

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