Restauremos el Honor – P2

“Al ver esto, los discípulos se enojaron, diciendo: ¿Para qué este desperdicio?” Mateo 26:8

Mientras Jesús se encontraba en Betania, en casa de Simón el Leproso (que asumo que a estas alturas era el “ex–Leproso” porque seguramente ya Jesús lo había sanado), una mujer entró y derramó sobre la cabeza de Jesús un perfume de alabastro de gran precio. Sin embargo, hay razones bíblicas para dudar de que esta mujer fuese rica. Por el contrario, otros evangelios ponen en duda su reputación, mientras también sugieren que haya sido María, la hermana de Lázaro, a quien Jesús resucitó. Judas por su parte, como tesorero del equipo, cuantificó el perfume en trescientos denarios, es decir en el valor equivalente a trescientos días de salario de un peón. Si consideramos que todos descansaban el día de reposo, era prácticamente el ingreso de un año. Pero María hizo esta gran inversión, no porque tuviese mucho dinero sino porque quería darle su mejor alabanza al Rabí. Ella quería honrarlo, exaltarlo. Esta maravillosa mujer sabia por revelación lo que los fariseos y los mismos discípulos de Jesús ignoraban: Dios es la fuente de todo lo que somos y de lo que existe, y es digno de ser alabado.

Pero los apóstoles tenían una mentalidad más centrada en la necesidad. Su paradigma era: los recursos son limitados y hay que ponerlos donde más se necesita. El de María en cambio: Dios es digno de ser exaltado. Yo busco primeramente su Reino, su Presencia, estar con Él, y sé que todo lo que necesito me será añadido. No se trata de su bendición, se trata de Jesús. No se trata de lo que me puede dar, se trata de quien Él es. Después de todo, imagino que pensaba, ¿no alimentó a miles de familias con cinco panes y dos peces? ¿No nos enseñó en el Sermón del Monte a mirar como Él alimenta a las aves del campo y viste a los lirios, y nada les falta a pesar de su poca trascendencia comparada con nosotros? Por eso Jesús la defiende: “¿Por qué molestáis a esta mujer? pues ha hecho conmigo una buena obra.” Y agrega una triste verdad que seguimos viendo aún hoy en día: “Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis.” Honra a Dios con tu vida, con tu mente, con tu cuerpo, con tus palabras y tu trabajo, con tus hábitos, tus finanzas y tus bienes. Jesús honra a los que le honran. Por eso, luego que ella lo ungió con perfume y lágrimas, Él le profetizó:

“… dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que esta ha hecho, para memoria de ella.” Mateo 36:13b

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