El Poder de la Alabanza

“Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.” Hechos 16:25

Pablo y Silas se encontraban en Filipos predicando, y se les presentó una joven con espíritu de adivinación que los exaltaba constantemente. Pablo se cansó y reprendió al espíritu de adivinación que se fue de la mujer. Al ver sus amos que la joven no le produciría más ganancias, hicieron un gran escándalo al punto que los azotaron, y los metieron presos en la última celda y aún allí, les hicieron meter sus pies en el cepo. ¿No es injusto esto? Después de todo, Pablo y Silas estaban cumpliendo la instrucción divina de ir y hacer discípulos a todas las naciones. ¿Te quejarías tú con Dios diciéndole que te suelte de la prisión y que te libre de esos adversarios? Después de todo, ellos no estaban haciendo nada malo. De hecho, le hicieron un gran bien a la joven al expulsar de ella el espíritu que la manipulaba. Pero Pablo y Silas, al igual que Dios, veían las cosas de manera muy diferente. Ellos sabían que seguir y predicar a Jesús, a Aquel que es la Luz, en un mundo en tinieblas implicaría inevitablemente oposición, sufrimiento y tribulación. Ellos entendían que, solamente estando cien por ciento enfocados en el Rey, podrían ser prosperados. No tenían agenda propia, no querían ser famosos, ricos ni poderosos. Ellos sabían que su recompensa sería muy grande en los cielos y que, en este mundo caído, muchos no les entenderían y que por ello, al igual que a Jesús, los odiarían.

Pero estos hombres fieles utilizaron herramientas poderosas para resistir el sufrimiento, las injusticias y todo tipo de ataque del diablo: la oración y la alabanza. Estas dos, junto con acción de gracias son quizás las tres armas más poderosas del creyente. En medio de la dificultad, si comenzamos a quejarnos o culpar a Dios, lo ofendemos. Si frente a la oposición nos desesperamos y perdemos la paz y el foco en el Señor, exaltamos al enemigo de nuestras almas, que quiere tenernos exactamente en ese estado. Pero si en medio de la tribulación, oramos al Padre, y lo exaltamos con cánticos o himnos mientras le damos gracias no por nuestra circunstancia, sino en medio de nuestra circunstancia, abrimos un gigantesco espacio espiritual que le permitirá a Dios obrar con libertad. Dios hace milagros y humilla al enemigo cuando en medio de la batalla, exaltamos a nuestro Salvador:

“Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron.” Hechos 16:26

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