Perdido en Casa

“Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo.” Luc. 15:29-30
Esta es la segunda parte de la historia del hijo pródigo. Cuando el menor de los hermanos que pidió su herencia para irse a vivir la “vida loca” regresó arrepentido y humillado, el papá, metáfora del Padre Celestial, lo recibe con una gran celebración. El joven pidió ser tratado como un jornalero, pero el padre lo hizo bañarse, afeitarse y vestirse con un traje nuevo (símbolo de santidad), le puso nuevas sandalias (símbolo de libertad porque los esclavos iban descalzos), y le puso un anillo, símbolo de un nuevo pacto (el de Dios con nosotros). Hermosa historia de redención para nosotros, sus hijos perdidos. Pero también está la segunda historia, la del hermano enojado que no quiere entrar a casa a ver a su hermano (ni le llama así, sino que le dice al padre “este tu hijo”) porque está preocupado por su herencia y por su propia justicia.
Aunque a primera vista esta parábola de Jesús parece hablar de un hijo perdido y uno recto, la verdad es que ambos están perdidos, porque a ninguno le interesaba lo que sentía y pensaba el padre. El menor se fue de casa luego de tomar su herencia, lo cual implicaba que su padre estaba muerto para él. El otro se quedó en casa, trabajando duro, hijo fiel, pero con mentalidad de esclavo. Cuando el extraviado regresó, el que se consideraba justo se enojó con su padre. Estos hermanos simbolizan dos tipos de cristianos. El menor, a los que se apartan de Dios y a quienes Jesús hoy invita a regresar a Él porque los está esperando. Si ese eres tú, no esperes más. El mayor, por su parte, representa a los que quieren que Dios les bendiga, prospere, sane y proteja, sin importarle lo que Él piense porque solo tratan de ganarse a Dios. Es una cristiandad independiente de Dios, incapaz de una relación íntima con su Espíritu. Jesús no nos mandó a ser morales, seres perfectos que nunca fallan, no. Él nos manda a conocerlo, a creerle, y a amarlo con todo nuestro ser:
“Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.” Mateo 22:37

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