El Misterio de la Iniquidad

“Porque ya está en acción el misterio de la iniquidad; solo que hay quien al presente lo detiene, hasta que él a su vez sea quitado de en medio.” 2 Tesalonicenses 2:7

Pablo nos advierte hace dos mil años sobre el “misterio de la iniquidad”, el cual se refiere a la actividad diabólica que opera aún más entre nosotros. El pecado individual se va haciendo colectivo y el de los padres se pasa a los hijos. A través del continuo engaño de que podemos ser nuestros propios dioses, la serpiente antigua avanza su territorio. Las Escrituras lo llaman misterio porque es un engaño, es una farsa que en esta generación se manifiesta como una cultura “woke”, una supuesta mente despierta e iluminada. Bajo esta influencia demoníaca, el que cree lo que dice la Biblia es considerado obsoleto y retrógrada, pero el que califica cómo “derecho reproductivo” el asesinar a un bebé indefenso e inocente, como “respeto al matrimonio” a la unión íntima de dos personas del mismo sexo, o el que entiende que es absolutamente imposible que el universo, antes de existir, se haya creado a sí mismo, es tratado como intelectualmente superior.

Ya nos lo advirtieron hace unos tres mil años tanto el rey David (“Dice el necio en su corazón: No hay Dios.” Salmos 14:1a) como su hijo el rey Salomón (“Asimismo he visto a los inicuos sepultados con honra; mas los que frecuentaban el lugar santo fueron luego puestos en olvido…” Eclesiastés 8:10). Los roles están involucrados y bajo esta iniquidad, terminamos llamando a lo bueno malo y a lo malo, bueno. Pero Pablo agrega que hay alguien quien “al presente, lo detiene.” ¿Quién? El único que puede hacerlo, el Espíritu Santo. Sin embargo, en algún momento “será quitado del medio.” No por el diablo ni por fuerza alguna, sino por el Padre, quien “es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento.” (2 Pedro 3:9b). ¿Qué podemos hacer los creyentes? Orar e interceder porque siga fluyendo su gracia hasta que llegue el momento final:

“Y entonces se manifestará aquel inicuo, a quien el Señor matará con el espíritu de su boca, y destruirá con el resplandor de su venida;” 2 Tesalonicenses 2:8

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