Manejando la Decepción

“En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado, sino que todos me desampararon; no les sea tomado en cuenta.” 2 Timoteo 4:16

Pablo está escribiendo la que muchos creen fue su última carta. En los versos anteriores a este se puede percibir que se siente abandonado por muchos de sus discípulos, quienes están ocupados en las múltiples tareas del ministerio: Crescente se había ido a Galacia, Tito a Dalmacia, Tíquico a Éfeso y Demas lo abandonó porque prefirió las cosas del mundo. Recordemos que desde su conversión camino a Damasco, Pablo había trabajado más que cualquier otro apóstol. Estuvo en naufragios, prisiones, fue azotado en varias oportunidades, perseguido, y aún así predicó como nadie por toda Asia. Sin embargo, en medio de un conflicto legal donde se defendía de ataques injustos y donde corría el riesgo de recibir pena de muerte, nadie lo acompañó, o como el mismo lo describe: “todos me desampararon.” Este verso me recuerda el momento en que Jesús se dejó capturar por la guardia de los fariseos, porque no solo debe haberle dolido que Judas lo haya entregado, sino que todos sus discípulos y seguidores, esa noche también lo abandonaron.

Sin embargo, me impresiona como Pablo maneja esta decepción. Primero, la reconoce, se hace vulnerable, es decir no niega que le duele y le hiere, y que hubiera deseado ver algunos de sus seguidores con él. Pero fíjense que no se victimiza diciendo “pobrecito yo que he sido tan bueno y ahora me dejaron.” Tampoco los excusa ni se culpa a si mismo. Simplemente reconoce lo inapropiado de la situación. ¿Segundo? Lo más hermoso, los perdona: “No les sea tomado en cuenta.” El reconocer el dolor y llamarlo por su nombre, es lo que le permite perdonar. No amargó su corazón diciendo algo como “más nunca les predico a esos malagradecidos”. El perdón nos libra de las raíces de amargura que asfixian nuestro corazón. Eso le permitió enfocarse en Jesús quien estuvo a su lado, y algo muy importante, pudo continuar con el propósito de Dios para Pablo: la predicación a los gentiles.

“Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas, para que por mí fuese cumplida la predicación, y que todos los gentiles oyesen. Así fui librado de la boca del león.” 2 Timoteo 4:17

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