Dando con Alegría

“Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.” 2 Corintios 9:7

En el Reino de Dios, en el mundo espiritual, los principios parecen oponerse al sentido común. Jesús nos enseña que hay que morir (al mundo y a la carne) para realmente vivir; que sirviendo a otros es como somos verdaderamente libres, porque el mayor entre nosotros será quien sirva a los demás; que debemos perdonar a los que nos desean mal y bendecir a los que nos maldicen, y que dando generosamente a quienes lo necesitan es como nos enriquecemos. De hecho, lo resume en: “Más bienaventurado es dar que recibir.” Increíble. Pero ¿por qué se nos dificulta tanto? ¿Por qué nos gusta recibir y detestamos dar? Debido a que nuestros ojos espirituales están velados, posados mayormente en lo natural, en lo material y mundano, lo que Juan llama “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida.” Pero el Señor en cambio, después de dar gracias al Padre en el Espíritu, alimenta a varios miles de personas a partir de unos pocos panes y peces, convierte agua no solo en el mejor de los vinos, sino que lo hace en una cantidad exorbitante; sana enfermos, limpia leprosos, echa fuera demonios y levanta muertos. Jesús vive en lo espiritual, de donde todo lo natural proviene. Nosotros en cambio, nos enfocamos mayormente en el resultado. Limpiamos la rama del árbol que no da fruto, pero obviamos la raíz, lo oculto, de donde la planta verdaderamente se nutre.

Por eso acá Pablo nos insta a ser generosos, dadores alegres, no con la tristeza de que al darte a ti me faltará a mí, ni por la necesidad de agradar a otros o ceder a la presión de familiares. Cada vez que bendecimos a alguien, que le aliviamos una carga financiera, que damos nuestros diezmos y ofrendas, estamos sembrando en el Reino de Dios. Él no necesita nuestro dinero, pero quiere nuestros corazones. Dar generosamente es un principio que multiplica, porque cuando damos, recibimos para dar más:

“Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra.” 2 Corintios 9:8

Los comentarios están cerrados.