Hijo, No Jornalero

“Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.” Lucas 15:23-24

Luego de un tiempo indefinido malgastando toda la herencia de su padre en prostitutas, lujos y vida licenciosa, el hijo pródigo, después de perderlo todo “volvió en sí” y decidió levantarse y regresar al padre. Durante el largo y tortuoso camino de regreso, bajo el sol, hambriento, sediento, debilitado, avergonzado, descalzo y maloliente ensayaba lo que le diría: “Padre. Lo que hice es imperdonable porque traje vergüenza sobre ti y mi familia. Pequé contra Dios y contra ti. No soy digno de ser llamado tu hijo, por eso te ruego que me haga como uno de tus jornaleros”. Pero algo diferente e inesperado ocurrió cuando se acercaba a la hermosa propiedad donde una vez vivió: escuchó unos gritos de gozo que parecían repetir su nombre. Levantó la mirada, encandilado por el sol, y vio que alguien venía corriendo hacia él, riendo y diciendo “ha vuelto, ha vuelto, mi hijo.” Era la voz de su padre y cuando lo reconoció sintió su abrazo y besos sobre su cabeza, la frente y el cuello. Luego se separaba un poco para verlo, sonreía feliz, y volvía a abrazarlo y besarlo dándole gracias a Adonai, el Dios de Abraham, Isaac, y Jacob.

De nada sirvió el discurso que había preparado. El padre les ordenó a sus siervos que le trajeran el mejor de los vestidos que él le había comprado (lo cual representa la santidad que se nos devuelve cuando volvemos al Padre); que le pusieran un anillo (símbolo del pacto con Jesús y de la autoridad de poder sellar y firmar documentos), y sandalias (porque solo los esclavos andaban descalzos, y él era nuevamente libre). Este joven, al igual que todos nosotros cuando le dimos la espalda a Dios, pensaba que había perdido su derecho de ser hijo, por lo que venía a mendigar un puesto de jornalero, pero como podemos leer afirma, “mi hijo muerto era, y ha revivido”. En otras palabras, cerca o lejos, vivo o muerto, seguía siendo su hijo. Y asimismo somos tú yo después de haber sido adoptados a través de Jesús:

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios…” 1 Juan 3:1a

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