Saca Mi Alma de la Cárcel – P1

“Saca mi alma de la cárcel, para que alabe tu nombre…” Salmos 142:7a

David continuaba huyendo del rey Saúl quien injustamente quería asesinarlo, escondiéndose en la cueva de Adulam con algunos hombres que le siguieron. Su situación era precaria y preocupante, ya que el obsesionado rey tenía redes de espionajes y muchos otros recursos destinados a su captura. En este Salmo, David clama a Dios: “líbrame de los que me persiguen, porque son más fuertes que yo,” justo antes de pedirle que saque su alma de la cárcel. Ahora bien, esto es interesante porque él estaba escondido, no preso, y no está hablando de su persona sino de su alma. El alma hace referencia al intelecto, las emociones y la voluntad. ¿Por qué David pide que libren su alma? Porque en las aflicciones, en la persecución y ansiedad, en medio del miedo y estrés, somos apresados. ¿Y cómo reconocemos que nuestra alma está tras rejas invisibles? Porque no podemos alabar el nombre del Señor.

Hay cuatro cárceles del alma muy comunes incluso entre los creyentes, de las cuales hoy veremos dos: 1. La falta de perdón y 2. El sentimiento de culpa.  Estas prisiones obstaculizan nuestra libertad y dificultan que podamos alabar a Dios. Son engañosas porque con frecuencia nos hacen creer que ya las superamos, hasta que una circunstancia inesperada nos demuestra que seguimos siendo sus víctimas. Perdonar no es una virtud, es una necesidad. Vivir con resentimiento contra alguien, te roba tu paz y te impide alabar a Dios. Sé que no es fácil, pero empieza bendiciendo a la persona, al menos de palabra, sin casi sentirlo. Luego deséale bien, después ora por su salvación. Poco a poco, si persistes, tus cadenas se irán cayendo. Ahora bien, perdonar no implica aprobar lo que esa persona hizo ni requiere necesariamente que hagas las paces con ella. Sin embargo, no perdonar es como tomar veneno y esperar que muera el otro. Y la culpa no es más que la falta de perdón a uno mismo, un orgullo disimulado que nos acusa de algo de lo que Dios ya perdonó, si se lo pedimos, o de lo que nos perdonará, si lo hacemos. Es imposible vivir a tu máximo potencial rodeado de rejas mentales. Es necesario aceptar el completo perdón de Dios y perdonar a otros como un acto de amor a ti mismo.

“…Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Mateo 22:39b

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