Saca Mi Alma de la Cárcel – P2

“Saca mi alma de la cárcel, para que alabe tu nombre…” Salmos 142:7a

En el post anterior hablamos de dos de las cuatro más comunes prisiones del alma: 1. La falta de perdón y 2. El sentimiento de culpa. Hoy hablaremos de las dos restantes: 3. El miedo y 4. El complejo de inferioridad. Así como la falta de perdón y la culpa se relacionan, ya que ésta última proviene de la incapacidad de perdonarnos a nosotros mismos, el miedo y el complejo de inferioridad están también íntimamente relacionados contribuyendo cada uno al desarrollo del otro. El miedo es excelente como herramienta para protegernos de lo que nos puede dañar como un animal peligroso, caernos desde un lugar alto, o una persona que pueda agredirnos. Muchos de nuestros miedos los aprendimos durante la niñez, influenciados por lo que asustaba o preocupaba a aquellos que nos rodeaban. Sin embargo, muchos de estos permanecen cuando ya no son necesarios. Quizás temíamos ser abandonados porque nuestros padres eran irresponsables, y ahora, de adultos, ese miedo persiste y nos impide a atrevernos a exigir respeto en una relación. Pero como creyentes, no podemos vivir a nuestra plenitud ni recibir todo lo que Dios tiene para nosotros, si el miedo nos frena y limita.

Cuando nos acostumbramos a vivir en temor, empezamos a sentirnos inferiores a los demás. La duda e indecisión nos vuelven personas inseguras y, en este mundo de competitividad y de redes sociales, no tardamos en comenzar a compararnos con personas supuestamente exitosas, que nos hacen sentir inferiores. Nos pasa como a los diez príncipes del pueblo de Israel quienes, al ver a los gigantes de la tierra prometida, sintieron que eran como langostas ante ellos. Y lo peor aún, es que estaban seguros de que los enemigos también los veían así. El miedo y la culpa son pésimos consejeros, y una cárcel muy pequeña y restringida para el alma. Tienen el poder de limitarnos, llenarnos de ansiedad, y paralizarnos. Es necesario creerle a Dios por sus promesas, y saber que en Él somos más que vencedores.

“Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que le hay, y que es galardonador de los que le buscan.” Hebreos 11:6

Los comentarios están cerrados.