Ayuda Mi Incredulidad

“E inmediatamente el padre del muchacho clamó y dijo: Creo; ayuda mi incredulidad.” Marcos 9:24
Jesús conversaba con un afanado hombre mientras el hijo de este, víctima de un espíritu mudo, se sacudía violentamente y echaba espumarajos. Jesús le hace preguntas y le reta diciéndole: “Si puedes creer, al que cree todo le es posible.” El padre, en desesperación y lágrimas le dice “creo”, pero luego también reconoce su duda y le pide que le ayude con su incredulidad. Por supuesto, Jesús liberó al joven, pero creo que hay una enseñanza profunda acá. No solo se trata de incrementar nuestra fe para creer, también de deshacernos de la incredulidad. La Palabra nos enseña que Jesús es el autor y consumador de la fe, es decir que Él la creó. Además, nos dice que todos hemos recibido gratuitamente una medida de fe, y por último, que, si tan solo tenemos un poquitín de fe del ínfimo tamaño de un grano de mostaza, le diremos a un monte que se desarraigue y se arroje al mar, y ocurrirá. Entonces, ¿por qué muchos cristianos no llevan vidas victoriosas y llenas de propósito?
Porque en aquellos momentos en que no ejercemos fe, como cuando oramos, estudiamos la Palabra, o adoramos, nos nutrimos de incredulidad. Por una parte, creemos que “por sus llagas ya fuimos sanados” hace dos mil años, pero el diagnóstico médico debilita (o incluso derriba) nuestra convicción de Jesús. Asimismo, decimos que Dios “suplirá todas nuestras necesidades de acuerdo con sus riquezas en gloria”, pero la cuenta bancaria en rojo no nos permite creerlo. Es como ese juego muy común en eventos juveniles e infantiles, donde dos equipos compiten halando una gran soga, cada uno hacia su lado. Se está generando una gran fuerza, como la fe, pero se neutraliza con la fuerza del otro equipo, la incredulidad. Esa competencia o batalla ocurre en nuestra mente. Por eso Jesús le dijo a Jairo, cuando escuchó que la hija de éste estaba muerta: “No temas, cree solamente.” En otras palabras, antes de ejercer fe deshazte de la incredulidad. Pero ¿cómo logramos deshacernos de la duda? La respuesta es simple, pero no fácil: Nutrirnos más de la Palabra:
“Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él,” Josué 1:8

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