El Placer de Hacer Su Voluntad

“El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, Y tu ley está en medio de mi corazón.” Salmos 40:8  

La religión en general nos urge a obedecer normas morales y disciplinas espirituales a través de la fuerza de voluntad, a veces manipulando a los fieles con sentimientos de culpa y, en casos extremos, hasta con coerción. Debemos temer a Dios y, por lo tanto, no podemos errar. Si fallamos, Dios nos abandona o castiga. Y muchos caen en la trampa de tratar de cumplir decenas de requerimientos, lo cual quizás sea posible hacer con nuestra mente, pero jamás de corazón. Por ello, muchas iglesias fallan en atraer gente. En ellas se demanda un estándar de vida imposible de alcanzar, con comportamientos, rituales y tradiciones que no producen satisfacción sino culpa, donde todo se resume a vivir una vida de penitencia acá para luego estar bien allá.

Pero acá David, mientras ora, hace esta magnífica confesión que nos revela una vez más, por qué su corazón era especial para el Padre: “Hacer tu voluntad me ha agradado.” ¿Puede ser agradable hacer la voluntad de Dios? Pues claro, no es un sacrificio. David nos está diciendo que no se trata de hacer esfuerzos ni de cumplir férreas disciplinas. Simplemente si pasamos tiempo con Dios, hacer su voluntad nos será grato. El Espíritu Santo es la persona de la Trinidad que nos guía en nuestras vidas, y estar con Él es la experiencia más maravillosa y satisfactoria que podemos tener. Pasar tiempo en su compañía nos renueva y limpia. No dejamos de pecar por nuestra voluntad; dejamos de pecar porque pasamos tiempo delante de Aquel que es Santo y que nos ama como nadie. La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. David también nos comparte, respecto al Padre, “no hay bien para mí fuera de Ti”, es decir, todo lo bueno que hay en tu vida proviene de Él. Dios nunca ha querido enseñarnos una religión. Lo que el Padre busca es una relación con Él, y tú puedes comenzarla ahora mismo si te arrepientes de tus pecados y crees que Jesús los llevó en la cruz para darte de su gracia. Invita a Jesús a ser el Señor de tu vida, reconociendo que por gracia eres salvo, no por ninguna virtud, y comienza a vivir de veras.

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;” Efesios 2:8

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