Arrepentimiento versus Excusas

“Y el hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí.” Génesis 3:12
Adán acababa de desobedecer a Dios para complacer a su mujer. Primero permitió que la serpiente entrara al jardín que Dios le había entregado para que lo guardara y labrara. Luego se dedicó a escuchar pasivamente el diálogo de Eva con el enemigo, en vez de intervenir y defenderla, expulsando a la serpiente. Y luego, al recibir la propuesta de ella de comer lo prohibido, no solo no intenta detenerla, sino que tranquilamente la acompaña en la merienda a pesar de que fue a él a quien Dios le dijo que no comiera del fruto porque, si lo hacían, morirían. Adán estaba literalmente en un paraíso, pero decidió culpar a otros por sus errores en vez de arrepentirse y responsabilizarse. No solo culpa a Eva por haberle dado el fruto, aunque ella no se lo metió por la boca, él lo tomó y comió. Pero luego acusa a Dios porque Él le dio a la mujer. La primera vez que la vio dijo “esto si es carne de mi carne”, completamente cautivado por su belleza, pero ahora, para excusarse, la acusa sin compasión alguna. Esa irresponsabilidad le costó ser expulsados del Edén.
Miles de años después tenemos a dos criminales, ya casi en el infierno, siendo crucificados uno a la izquierda y el otro a la derecha de Jesús. Uno le agrede y le acusa, pero el otro, quizás al escucharlo orar: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”, recibió convicción de sus pecados y confrontó al otro crucificado, en defensa de Jesús. Y luego, dirigiéndose a Jesús le dijo: “… Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino.” ¡Qué interesante! Dos hombres, uno viviendo en el jardín del Edén, libre del pecado, termina, por desobediencia y por no asumir su responsabilidad, expulsado del jardín, trabajando la tierra “con el sudor de su frente.” El segundo, mucho más malvado que Adán, un criminal justamente castigado con pena de muerte, pero que al estar frente a Jesús no culpó a nadie, no se quejó ni le exigió nada. Este en cambio le dijo al otro preso algo como: “Tú y yo merecemos esto porque somos pecadores y hemos sido malvados y hecho muchísimo daño.” Es decir, que reconoció completamente su pecado y responsabilidad, y que frente a Jesús estaba arrepentido, y luego continúa diciendo “mas este ningún mal hizo.” ¿Qué pasó con él? En el último instante y contra todo pronóstico, Jesús, debido a su genuino arrepentimiento, le salva:
“Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.” Lucas 23:42-43

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