¡Él nos Guía a toda la Verdad!

“Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” Lucas 11:13

Jesús nos trajo una nueva y hasta entonces desconocida imagen de Dios, la de Padre celestial. Y compara nuestra paternidad con la suya porque, la verdad es que a veces creemos ser mejores padres que el mismo Dios. Por ejemplo, he escuchado a personas decir que Dios los enfermó, pero ¿quién de nosotros enferma a su hijo? ¿Quién se enoja con el hijo y le asigna un cáncer, o le maldice, o siquiera le anhela un dolor leve de cabeza? ¡Nadie! Al menos nadie en su sano juicio, pero le atribuimos a Dios maldad, deseos de venganza, sadismo, y muchos otros pecados, lo cual es blasfemia. Pero acá Jesús nos está diciendo que, si queremos recibir al Espíritu Santo, solo tenemos que solicitarlo porque el Padre se lo dará a quien se lo pida. Ahora bien, el Espíritu es Dios mismo, manifestado en la tierra. La Biblia nos enseña que nuestro Dios es trino o tripartita, el Padre que está en los cielos, el Hijo (Jesús) que está a su diestra intercediendo por nosotros, y el Espíritu que se muda a cada creyente una vez que recibimos a Cristo como nuestro único y suficiente Salvador. ¿Sabías que somos templos del Espíritu y que tenemos en nosotros al Altísimo? Sin embargo, con frecuencia lo ignoramos y dejamos que nuestra carne sea la que guíe, en vez de Dios que está en nosotros.

Pero eso puede cambiar ahora mismo. Si nos arrepentimos de nuestros pecados, de toda nuestra idolatría, envidia, lujuria, ansiedad, maledicencia, falta de perdón, inmoralidad, codicia, etc., e invitamos a Cristo a venir a nuestros corazones como Señor de nuestras vidas, también podemos pedirle al Padre que derrame de su Santo Espíritu sobre nosotros. Eso nos ayudará a caminar en la luz en la misma medida en que lo dejemos dirigir, y Él nos llevará a buen puerto. El problema surge porque queremos tener a Dios más bien como un amuleto, o como un alcahuete que haga lo que le pedimos. Le presentamos nuestras peticiones y queremos que Él simplemente las apruebe y nos bendiga, aun cuando algunas de esas peticiones van en contra de su esencia. Pero Él es el Dios del universo, Él nos creó y no nosotros, Él conoce el futuro, no nosotros, Él sabe lo que nos conviene, no nosotros. Si viviéramos conscientes de que Aquel que es sagrado y santo vive dentro de nosotros y con nosotros, se nos facilitaría darle espacio en nuestros asuntos personales y en nuestras vidas, para que nos pueda guiar. Ese es el deseo de Jesús…

“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad;” Juan 16:13

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