El Padre Nuestro – P4

“Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores.” Mateo 6:12

En una oportunidad, hace años, descubrí que alguien a quien le había mucha dado confianza como empleado, me estaba robando dinero en pequeñas cantidades, aprovechándose de que, debido a esa misma confianza, no estaba yo monitoreando como lo usaba. Cuando le confronté, me pidió perdón y la persona se veía realmente arrepentida, pero la profunda decepción que me causó era mayor. Comencé a buscar quien le sustituyera, pero por un lado no aparecía nadie, y por el otro, algo en mí no se sentía bien. Mi política siempre había sido que estas cosas no se evalúan ni discuten. Una vez que pierdo la confianza, no la recupero. Le pedí a Dios guía o más bien debo decir, confirmación de que debería despedirle sin otorgarle referencia laboral, pero abrí la Biblia y mis ojos fueron directo a Mateo 18:21 donde Jesús le dice a Pedro que debemos perdonar hasta setenta veces siete. No convencido de que venía de parte de Dios (ya lo decía mi madre: “no hay peor ciego que el que no quiere ver.”), insistí de nuevo y me saltó a la vista: “… mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” No había escapatoria. No quería hacerlo. Me sentía presionado a hacer lo que no quería, y eso me enojaba. Pero entendí que perdonar requiere obediencia y que lo que yo sentía provenía de mi rebelión. No es agradable perdonar. Nos parece injusto porque nos creemos mejores …

Afortunadamente terminé obedeciendo y decidí hacerlo como la Biblia enseña. Le dije que estaba perdonado, que lo restauraba en su nivel de confianza, y que nunca más deberíamos volver a mencionar esa situación. Que ambos elegíamos olvidarla, que nunca pasó. El gozo y el alivio de su alma llenaron de gozo y alivio al alma mía. ¡Cuan libres nos hace perdonar! Saber que no somos Dios. Que nosotros también fuimos perdonados y yo, en particular, de cosas mucho más graves que ésta que tanto me molestó. Entendí que todos pecamos y estamos destituidos de la gloria de Dios, y que solo por su Gracia somos reconectados con el Padre y tenemos vida eterna. Que esa persona que abusó de mi confianza también es creación de Dios y que Jesús también murió por ella, y que, si me hago juez, me estoy sentando en la silla que solo a Dios le corresponde. Después de todo, yo también necesito perdón…

“Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial” Mateo 6:14

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