La Depresión de Elías – P2

“Y allí se metió en una cueva, donde pasó la noche. Y vino a él palabra de Jehová, el cual le dijo: ¿Qué haces aquí, Elías?” 1 Reyes 19:9

La depresión de Elías hizo de manera real lo mismo que causa en muchos de nosotros de manera psicológica: meternos en una cueva. Esa caverna puede ser un lugar cerrado y aislado de tristeza, de ansiedad, de miedo; un lugar oscuro de codependencia, de inseguridad, de angustia; un espacio de parálisis, de pánico, de desesperación. Nos sentimos juzgados o alienados, abandonados o despreciados, que no nos valoran o que no valemos nada… A veces estamos convencidos de que todo ese mal proviene de que somos inferiores a otros. Que todos los matrimonios sin excepción son fuertes, excepto el nuestro; que todos los hijos honran a sus padres, excepto los nuestros, y que la situación financiera, relacional o la salud de los demás es siempre mejor. Otras veces funciona al revés, y nos creemos los únicos creyentes fieles, esposos leales, trabajadores indispensables, obligándonos a un estándar de perfección que nos agota y desgasta. Afortunadamente Elías había invocado a Dios, quien siempre está disponible y quien le hizo al profeta la misma pregunta que hoy seguramente nos hace a ti y a mí: ¿Qué haces aquí, Elías? ¿Por qué estás en una cueva?

Ahora bien, Jehova no estaba buscando información. Él conoce nuestros corazones y no necesita que nadie le diga lo que hay en ellos. Lo que Dios buscaba era que Elías abriera su corazón, hablara de su problema, compartiera la causa de su aflicción. Mi esposa suele decir que a veces solo “necesitamos sacar algo de nuestro sistema.” Es posible que una de las razones por las cuales el suicidio ocurre entre tres y cuatro veces más frecuentemente en los hombres que en las mujeres, se deba a que no hablamos, porque no nos gusta sentirnos vulnerables, depender de otros, revelar debilidades. Tratamos de controlar la situación, superarla en nuestras fuerzas, de ocultar todo aquello que no es coherente con la imagen que hemos elegido proyectar, y todo eso le permite al enemigo sacar una gran ventaja de ese engaño: empezamos a pelear con nuestra habilidad. Pero lo que necesitamos es a Dios, el único en quien somos vencedores. Necesitamos hablarle, desahogarnos con Él (o con una persona sabia que también le ame). Necesitamos abrirnos ante Dios. Él tiene muchos más recursos de los que creemos en medio de nuestra crisis:

“Y yo haré que queden en Israel siete mil, cuyas rodillas no se doblaron ante Baal, y cuyas bocas no lo besaron.” 1 Reyes 19:18

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