La fe que fructifica

“Y al oír Juan, en la cárcel, los hechos de Cristo, le envió dos de sus discípulos, para preguntarle: ¿Eres tú aquel que había de venir, o esperaremos a otro?” Mateo 11:2-3

Juan, llamado el Bautista porque bautizaba en el Jordán, fue quien reconoció a Jesús llamándole el “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1:28), también quién vio al Espíritu Santo descender sobre Jesús en forma de paloma (Juan 1:32) y además quien dijo del Maestro: “… yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.” (Juan 1:33) ¿Cómo ahora manda a sus discípulos a preguntarle a Jesús si era Él el que vendría o debían esperar a otro? ¿Qué cambió, qué pasó? ¿Cambio algo en Jesús? No, en absoluto, pero en Juan si. Ahora él estaba en la cárcel, estaba preso y generalmente en las crisis, en medio de la prueba, de la enfermedad, de la deuda, las mismas circunstancias pueden verse muy diferentes… Se llama la zona de crecimiento.

Pero la Biblia dice que tengamos a Dios como “segura y firme ancla del alma” (Hebreos 6:19), de modo que aunque haya tormenta en la superficie y todo se tambalee, y nos mareemos y perdamos la ubicación, Él no cambia porque está anclado, inmóvil, y es indestructible. Él no cede, no se descuida, no se resbala ni duerme. Debemos desarrollar una fe a prueba de circunstancias porque “las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:19b). Necesitamos, a través del Espíritu Santo, entrenar a nuestra mente y corazón para palpar la Palabra con mayor convicción que a nuestros propios huesos, para poner la voz de Dios antes que la del mundo, para seguir creyendo cuando nadie más cree, para perseverar cuando la lógica te grita que renuncies. Juan no podía ver lo que ocurría desde la cárcel, cómo tú y yo no podemos ver lo que sucede en los Cielos mientras oramos. Por eso Jesús les dijo simplemente que le contaran lo que ellos veían y oían, el fruto de su esfuerzo:

“Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio;” Mateo 11:5

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