La fe de Natanael

“Respondió Natanael y le dijo: Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.” Juan 1: 49

La historia de Tomás, el incrédulo de “ver para creer” es muy conocida. Igualmente aquella cuando Pedro le dice a Jesús “Tú eres el Mesías, Hijo de Dios.” Sin embargo, el Evangelio de Juan narra otra menos difundida y con un personaje menos famoso, pero que bien podría estar relacionada con ambas: la del apóstol Natanael (Bartolomé) a quién Jesús, al conocerlo  le dijo: “He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño.” (Verso 47). Esto extrañó al joven quien le preguntó: “¿De dónde me conoces?”, porque era la primera vez que le veía. Jesús respondió: “Antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.” Eso lo impactó y, a diferencia de Tomás, Natanael no necesitó indagar sobre cómo pudo Jesús saber dónde había estado ni se puso a elucubrar si era un truco o alguien le había contado. Tampoco necesitó la pregunta que Jesús, tiempo después, les haría a sus apóstoles: ¿Y vosotros, quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15). No, Natanael inmediatamente pudo de algún modo, en su espíritu, reconocer la Divinidad del Cristo, y de una vez afirmó con certeza sobrenatural: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel.”

Imagino a Jesús sonriendo mientras le responde: “¿Porque te dije: Te vi debajo de la higuera, crees?” (Verso 50). En otras palabras, “¿tan solo por ese pequeño detalle de verte sin estar contigo, me crees? Hmmm.” Y añade (imagino yo que sonriendo hacia sus adentros): “Cosas mayores que estas verás.” En ese momento Natanael no podría haber imaginado las manifestaciones del poder del Mesías que vería durante los siguientes tres años, mientras acompañaba a Jesús en Su ministerio. Pero creo que una de las principales lecciones de esta historia es que, si le crees a Dios, y lo sigues, conocerás más y más de Él; más y más de Su amor, de su amistad; más y más de su gloria y revelación…Por eso Jesús, complacido por la fe de este hombre, le anticipa una revelación y un regalo especial que no vemos le haya prometido a otros:

“De cierto, de cierto os digo: De aquí adelante veréis el cielo abierto, y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre.” Juan 1:51

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