¿La gloria de quién?

“Con todo eso, aun de los gobernantes, muchos creyeron en él [Jesús]; pero a causa de los fariseos no lo confesaban, para no ser expulsados de la sinagoga. Porque amaban más la gloria de los hombres que la gloria de Dios.” Juan 12:42-43

Estamos viviendo tiempos de profundo humanismo, sin embargo, esto no es nuevo, y el origen de esa arrogancia es el mismo desde el principio de los tiempos: queremos ser dioses. En el Edén había solo una restricción: comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, para que no muriéramos, pero la serpiente nos tienta: “No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él, serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal.” (Génesis 3:4b-5). Lo interesante es que al bien ya lo conocían, por lo tanto, nuestra perdición nace de querer conocer el mal, para juzgar, por nosotros mismos, lo que es bueno y lo que no. Pero nuestra soberbia solo revela nuestra ignorancia. No solo hemos violado el primer mandamiento que prohíbe toda forma de idolatría, sino que nos hemos erigido nosotros mismos como el ídolo central de la creación. Es una forma de auto adoración mucho más densa que la de las imágenes y esculturas. Hemos decidido, debido a la idolatría de nuestros corazones, ser los jueces del universo.

En este verso leemos que muchos, incluyendo gobernantes, habían creído en Jesús, pero lo callaban para no ser expulsados de su comunidad. Veían las señales y prodigios que el Maestro hacía y se maravillaban. Estaban profundamente atraídos a Él, sin embargo, afiliarse con Jesús les ocasionaría la expulsión de las redes sociales. En una oportunidad Jesús sanó a un hombre ciego de nacimiento y sus padres, al enterarse, no se regocijaron con el Rabí, sino permanecieron callados para no ser expulsados. Seguir al Señor implica algo ineludible: obedecerlo, lo cual requiere aceptar que solo Él es Dios, y como tal el único juez del bien y del mal. Pero esto desagrada a muchos de nuestros familiares y amigos, quienes preferirían que sigamos viviendo como si fuésemos dioses. Desafortunadamente, para algunos, la separación es un costo muy alto. ¿Te preocupa más lo que piensen tus vecinos y compañeros que aquello que piensa Dios? ¿Cuánto pesa Su opinión en tu vida? ¿Quién tiene prioridad al tomar tus decisiones? Un día de estos vamos a encontrarnos delante de Su Majestad para rendirle cuentas. Allí el único factor determinante será si en esta tierra perseguiste tu gloria o la Suya:

“El que habla por su propia cuenta, su propia gloria busca; pero el que busca la gloria del que le envió, éste es verdadero, y no hay en él injusticia.” Juan 7:18

1 comentario
  1. Ana Isabel dijo:

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