Entrégale tu alma

“Alegra el alma de tu siervo, Porque a ti, oh Señor, levanto mi alma.” Salmos 86:4

¡Que excelente práctica esta del rey David! Levantar su alma a Dios. Nuestra alma consta de tres partes: nuestras emociones o sentimientos, nuestros pensamientos o intelecto, y nuestra voluntad o deseo. El alma es el lugar donde escogemos entre lo elevado y lo irrelevante; entre lo espiritual o lo terrenal. Es también el campo de batalla donde nuestros pensamientos compiten. Pablo afirma que en nuestras mentes hay argumentos que se levantan contra el conocimiento de Dios (es decir, que se oponen a que lo experimentemos como Él es), y que esas fuerzas deben llevarse prisioneras a Cristo (2 Corintios 10:4-5). Es decir que se trata de pensar más como Dios piensa, según Él se revela en las Escrituras. Por ejemplo, cuando nos hacen daño, nuestro sentimiento es de rabia, nuestro pensamiento fantasea con venganza, y nuestra voluntad está presta para actuar y ejercer “justicia.” Por el otro lado, Dios en Su Palabra nos ordena que elijamos perdonar, aunque no sintamos el deseo, y que nuestra voluntad ame y bendiga cuando lo que desea es dañar y maldecir. Ahora bien, si estás pensando que vas a hacer la voluntad de Dios a toda costa, quizás estés a punto de cometer un grave error. No puedes hacerlo solo…

Hay una forma más fácil y segura. Las Escrituras nos enseñan que el Espíritu Santo de Dios se muda a los creyentes, y vive en cada uno de ellos (Juan 14:17). Jesús nos enseña la única manera en que podemos llevar una vida en victoria: “Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.” (Juan 15:4). No se trata de ejercer fuerza de voluntad ni de tener pensamientos “positivos.” Se trata más bien de permanecer en Jesús del mismo modo como la rama (pámpano) permanece en el tronco. Si tienes pensamientos inconfesables de ira o lascivia; fantasías de dañar a alguien o ataques de pánico, necesitas al Espíritu Santo. Si vives en ansiedad, resentimiento o con rabia guardada, necesitas al Espíritu Santo. Si te sientes continuamente miserable o frustrado, necesitas al Espíritu Santo. Si estás atado a la pornografía, a las compras compulsivas u obsesionada con tu cuerpo, necesitas al Espíritu Santo. Necesitas levantarle a Dios tu alma y entregarle tus pensamientos, sentimientos y emociones, al abrir tus ojos, durante el día y al acostarte. Levanta tu alma con una simple oración:

“Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, Y renueva un espíritu recto dentro de mí.” Salmos 51:10

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