La piedra removida

“Y hubo un gran terremoto; porque un ángel del Señor, descendiendo del cielo y llegando, removió la piedra, y se sentó sobre ella.” Mateo 28:2

María Magdalena, fiel seguidora de Jesús luego que la liberó de siete demonios (Lucas 8:2), y “la otra María” (probablemente la madre de Jesús), llegaron al amanecer a la tumba donde José de Arimatea había puesto el cuerpo inerte de Jesús. Según su costumbre y por su gran amor por el Maestro, ellas querían poner especies y aceites sobre su cuerpo, tratando de proteger su carne de la corrupción, como quien trata de evitar lo inevitable, negándose a perderlo. Aunque el Señor lo había anunciado en múltiples oportunidades, nadie esperaba que el Mesías muriera. ¡Es tan humano escuchar solo lo que queremos oír! Sin embargo, lo que ellas encontraron fue bastante diferente de lo que esperaban. Mientras ellas llegaban, un ángel descendía del cielo con tanto poder que causó un terremoto, removió sin esfuerzo la pesada piedra y se sentó con autoridad sobre ella. El aspecto del ángel era tan temible (“como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve”) que los valientes y entrenados soldados romanos que guardaban la tumba a costa de sus vidas, “temblaron y se quedaron como muertos.”

El ángel no vino a remover la piedra para que Jesús saliera. Si la muerte no pudo retenerlo, mucho menos una roca. El ángel removió la piedra para testificar al mundo que el Señor, luego de haber vencido a su propia carne, al mundo, y a satanás, también había derrotado al último enemigo: la muerte. Ya mil años antes el rey David había profetizado respecto al Mesías: “Porque no dejarás mi alma en el Seol, ni permitirás que tu santo vea corrupción.” (Salmos 16:10). Me encanta leer que luego que el ángel las invitó a ver el ahora vacío espacio donde tres días antes habían puesto el cuerpo del Señor, les dice “No temáis vosotras; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado.” Sin embargo, no les dijo lo mismo a los aterrados guardas. Parece que en el momento que estemos frente a la Presencia de Dios y sus ángeles, el haber buscado o no “a Jesús, el que fue crucificado” va a significar una gran diferencia: temblar de miedo o tener paz… ¿De qué lado quieres estar tú? Él voluntariamente murió la peor muerte posible por ti e igualmente venció la muerte por ti. Nunca fue un mártir, nunca fue una víctima:

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre.” Juan 10:17-18

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