Fortaleciendo tu fe

“Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios…” Romanos 4:20

El apóstol Pablo está exaltando la extraordinaria confianza en Dios de Abraham, no por casualidad llamado el padre de la fe. Este hombre creyó “en esperanza contra esperanza”, es decir contra viento y marea, “Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara.” Abraham, confrontado con su cuerpo envejecido y la ya antigua menopausia de Sara (Génesis 18:11), quien además había sido estéril desde su juventud, logró creerle más a Dios. Y en este verso nos da un secreto poderoso para cuando estamos esperando que algo pase, y nada pasa: “fortalecerse en fe, dando gloria a Dios.” Parece que la fe se fortalece, como un músculo. Los fisicoculturistas saben bien que las últimas repeticiones, las que duelen profundamente, son las que realmente producen crecimiento. Es allí donde la fibra muscular se rompe (por eso duele) y se reduce para luego, en el descanso, generar una nueva, más fuerte y grande como recompensa. De modo similar, la fe crece cuando duele. No hablo de dolor físico sino cuando, del mismo modo que el fisicoculturista sigue levantando el peso en medio del dolor, el creyente levanta sus manos llenas de fe y adora a Dios, aunque todo parezca estar al revés.

No sé en medio de que situación te encuentres, pero te invito a levantar los brazos de tu adoración, y exaltar a Dios, con fe. Independientemente de nuestros problemas, retos o situaciones, Él sigue siendo Dios. ¿Por qué asumimos que si las cosas no van saliendo como las planeamos, es porque Dios no nos escuchó o nos olvidó? A veces su respuesta es simplemente si, pero no todavía. Otras veces es no, porque tengo algo mejor para ti. En ambos casos nos toca esperar, y aún si la respuesta es no, ¿deja Él de ser Dios? ¿Deja de tener valor la sangre derramada por Cristo para tu salvación? Dios quiere ponerte en lugares altos, pero para ello, necesitas entrenamiento y preparación, y la mejor manera de entrenarte y prepararte es, ¿adivina qué? Una prueba. Superarla demuestra que estamos listos para algo mayor. Quejarnos, lloriquear y golpearlo, demuestra que todavía no. Sigamos el ejemplo de Abraham ejercitando el músculo de la fe en medio de la prueba. En el epicentro del problema, adóralo, alábalo, exáltalo como Abraham:

“plenamente convencido de que era también poderoso para hacer todo lo que había prometido;” Romanos 4:21

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: