Nuestra mente incoherente

“Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen.” Romanos 1:28”

Vivimos en una época de incoherencia. Afirmamos creer en ciertas cosas, pero nuestra conducta diaria parece guiada por otras, y cuando alguien propone evaluar objetivamente un determinado punto de vista, le llamamos intolerante. Conductas que en mi juventud te llevaban a prisión o al manicomio, hoy las defendemos como derechos adquiridos. Todos buscamos nuestro interés y queremos censurar a los demás. Como escribió Salomón: “Todo camino del hombre es recto en su propia opinión.” (Proverbios 21:2a). Estamos tan convencidos de nuestra manera de interpretar la realidad, que terminamos creyendo y confiando nuestra certeza. Gente llena de odio pide instaurar penas y castigos a los que odian («tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella,” 2 Timoteo 3:5). Y todo se ve empañado por emociones. Nunca había visto tantas lágrimas en los medios. Parece que llorar automáticamente te vuelve víctima y, por ende, te da la razón. El pensar rigurosamente se volvió ofensivo. No nos gusta porque nos reta. Ciegos guiando otros ciegos con tanta pasión que creemos que vemos. ¿De dónde viene tanta confusión, sesgos e incoherencia? De nuestra mente reprobada.

El humanismo nos atrapó. Nos volvimos pseudo filósofos y relativistas. Hemos desaprobado a Dios y Él nos ha desaprobado a nosotros. Sus principios y leyes, eternas e inviolables, son sustituidas por nuestras opiniones e ídolos. Hemos dejado la Palabra de Dios para seguir “filosofías y huecas sutilezas” (Colosenses 2:8) que no superan la más elemental evaluación. Hemos abandonado a Dios para seguir a “influencers”, viviendo siempre en la superficie de las cosas, sin profundizar ni comprometernos con nada. Hemos reprobado a Dios y Él nos ha entregado a una mente reprobada que me dice por ejemplo que, si soy un hombre de 50 años, pero me siento una niña de 10, merezco respeto, ¿de veras? No nos basta con cometer abominaciones contra la naturaleza al punto de asesinar niños, sino que las queremos legalizadas. Redefinimos lo bueno y lo malo, y queremos forzar a otros a aprobarlo. Creemos que basta con ponerle nuestra etiqueta de “correcto” y por ende ya no habrá consecuencias para nadie, pero el profeta advierte: “Ay de los que llaman malo a lo bueno, y bueno a malo.” (Isaías 5:20). Rechazamos a Dios, y Él nos deja a nuestro albedrío hasta que aprendamos que:

“…sobre el alto vigila otro más alto, y uno más alto está sobre ellos.” Eclesiastés 5:8

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