Los Derechos de los Hijos – P2

“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.” Juan 1:12-13

Juan está hablando sobre la venida de Jesús y divide a toda la humanidad en dos grupos: los que lo rechazaron y los que le recibieron. Y esa división permanece hasta hoy. Él respeta la elección de los que lo rechazan mientras sigue esperando anhelante que se conviertan a Él, pero por su propia Palabra y por su gran amor, respeta su libertad. Los que le recibimos, en cambio, los que creemos en su nombre obtenemos el derecho (la potestad) de ser hijos de Dios, ya no de la sangre carnal de nuestros padres sino de Dios. Nuestro ADN espiritual se transforma y aunque por fuera nos veamos muy parecidos, somos sellados por el Espíritu Santo quien nos pone unas arras. Tenemos un título invisible de parte de Dios que dice: “Mía” o “mío”. Por eso le llamamos nuevo nacimiento. No porque te cambies de religión sino porque eres una nueva criatura: acepta, agradable a Dios, redimida. Quizás digas: ¿pero no sigues siendo la misma persona con tus defectos y virtudes? Lo que pasa es que el amor de Dios te adopta. Pasa algo parecido al Principito que amaba a una flor porque, aunque era igual a todas, esa era suya. Al aceptar a Jesús no te vuelves mejor que otros. Al aceptar a Jesús, al reconocer que necesitas un Salvador, Él te recibe en su familia tal y como eres, y ese amor incondicional te hace distinto.

No debemos tomar a la ligera la adopción de Dios. Un hijo tiene acceso al padre; tiene derechos. Lleva el apellido de su padre, tiene su herencia física, emocional y espiritual, además de la financiera. Un hijo es bendecido por su buen padre. Un hijo o hija es aconsejado y guiado por su padre, y éste modela para él o ella la vida, la cultura familiar, los valores y principios. Hay una gran diferencia entre ser huérfanos y tener un buen padre. No es solo un tema económico, es un tema de identidad. Los hijos resemblan a los padres, y son su alegría. Ahora bien, los hijos no solo tienen privilegios que no se les conceden a los siervos ni a los extraños, también se les exige más. Los hijos son herederos, de modo que se espera que imiten los principios de sus padres y los avancen a la siguiente generación. El privilegio de ser hijo es el más grande derecho que Dios te puede dar. Eres acepto en la familia a través de Jesús. Alégrate, regocíjate porque eres bendito:

“Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios;…” 1 Juan 3:1

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