La Llave de la Puerta Estrecha – P4

“Y respondió Abram al rey de Sodoma: He alzado mi mano a Jehová Dios Altísimo, creador de los cielos y de la tierra, que desde un hilo hasta una correa de calzado, nada tomaré de todo lo que es tuyo, para que no digas: Yo enriquecí a Abram;” Génesis 14:22-23

Abraham es un ejemplo del carácter que Dios busca. En esta oportunidad, él reunió a sus siervos, se armaron y rescataron a Lot y a muchas otras personas que habitaban en Sodoma y que había sido atacados y secuestrados por otra tribu. Luego de la gran victoria, el rey de Sodoma le dice a Abraham que tome los despojos de la batalla, como era costumbre que hiciera siempre el vencedor. Sin embargo, Abraham le replica que ni siquiera tomará un hilo de él. ¿Por qué? ¿No tenía derecho? Si que lo tenía, pero él mismo explica la razón: “para que no diga (el rey de Sodoma) que él enriqueció a Abraham.” Nuestro padre Abraham, el padre de la fe, aquel a quien Dios llamó su amigo, nos impacta una vez más al rechazar algo que merece, por algo intangible pero mayor: el favor de Dios. Sodoma era una tierra llena de pecadores sobre la que luego vino el juicio de Jehová y la destruyó junto con Gomorra. Abraham no se enfocaba tanto en el dinero, riquezas o botín que recibiría sino más bien en de quien lo recibiría. Sabía que: “De más estima es el buen nombre que las muchas riquezas, Y la buena fama más que la plata y el oro.” (Proverbios 22:1). Por eso prefirió rechazarlo, dejando un mensaje claro: “A mí me enriquece Jehová, no ningún rey.” Ese es el carácter que agrada a Dios. Se regocija en las personas que confían celosamente en Él, porque “… el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón.” (1 Samuel 16:7b).

Dios no tiene problemas para bendecirte, si estás listo para recibirlo según su perspectiva. Por eso mientras tu y yo pensamos en resultados, Él piensa en procesos. Mientras tú y yo queremos obtener algo, Él nos pasa por una prueba que nos permita fortalecernos y madurar los aspectos necesarios para poder lograrlo. Tú piensas en hacer tu obra, pero para Dios, tú eres su obra. Pensamos en qué, cómo y cuándo obtenerlo mientras Dios piensa en para qué. Pienso en procesos para alcanzar objetivos y Él piensa en procesos que produzcan carácter. Queremos soluciones prontas, pero Él no tiene prisa. Queremos solucionar, pero Él quiere transformar. ¿Sabes por qué Salomón fue tan próspero? Porque a Dios le agradó lo que el rey le pidió cuando le ofreció cualquiera cosa que deseara:

“Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande?” 1 Reyes 3:9

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