La Esclavitud del Pecado

“Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.” Juan 8:34

“El síndrome de Estocolmo [según Wikipedia] es una reacción psicológica en la que la víctima de un secuestro o retención en contra de su voluntad desarrolla una relación de complicidad y un fuerte vínculo afectivo ​con su secuestrador o retenedor.” Al parecer, cuando el secuestrador muestra cierto nivel de consideración con los secuestrados, estos perciben esa ausencia de violencia como un acto de humanidad, por lo cual terminan apreciando y hasta haciéndose cómplices de los agresores. Es decir, surge una suerte de inversión en las percepciones de modo que el victimario se percibe como víctima o al menos, se justifica o se empatiza con su proceder. Algo parecido ocurre con el pecado. Según esta cita de Jesús, el pecado nos esclaviza (nos secuestra), pero nos sentimos libres con él. Empatizamos, lo justificamos. Invertimos la percepción y terminamos creyendo que es bueno. Recuerdo a un amigo que me aseguraba que “una canita al aire” es una acción terapéutica que enriquece la intimidad del matrimonio (claro, esto aplicaba si él era el que actuaba infielmente, no su mujer).

Tendemos a confundir libertad con libertinaje. El enemigo de nuestras almas siempre nos está susurrando que más es mejor; que todo lo que nos limite, es malo y aburrido. Pero la Biblia nos enseña que, por muy divertido que parezca, el pecado (o error) siempre tendrá consecuencias. Aun cuando nadie se entere, este te esclaviza y abre puertas para una mayor opresión. Nos gusta decir: “yo hago con mi cuerpo (dinero, vida, tiempo) lo que yo quiero”, y suena como un derecho adquirido y bien justificado, pero la realidad es que tu cuerpo no te pertenece porque tú no te creaste, y si crees en Jesús, Él te ha comprado con su sangre. El dinero no te pertenece porque, al igual que el cuerpo, no te lo vas a llevar cuando partas de acá. Lo mismo aplica para la vida y para el tiempo, ya que no conoces tu fecha de expiración, pero sin duda sabes que un día morirás. Las adicciones, la inmoralidad sexual, la idolatría, la avaricia y todos los otros pecados afectan no solo a quien los practica sino también a su descendencia y a la sociedad. Del mismo modo que tenemos una herencia genética, tenemos una espiritual. Por eso Jesús después de sanar al paralítico de la fuente de Bethesda, le da este consejo:

“Después le halló Jesús en el templo, y le dijo: Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor.” Juan 5:14

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