La Trampa del Orgullo – P1

“Naamán, general del ejército del rey de Siria, era varón grande delante de su señor, y lo tenía en alta estima, porque por medio de él había dado Jehová salvación a Siria. Era este hombre valeroso en extremo, pero leproso.” 2 Reyes 5:1

Naamán era el hombre del momento. En tiempos donde el rey tenía un poder absoluto, él era “grande delante de su señor.” Tenía miles de seguidores. Muchos lo admiraban, otros lo envidiaban, lo admiraban e imitaban, pero ninguno lo ignoraba. Las mujeres lo deseaban. Naamán era una suerte de Churchill (estratega militar) mezclado con Rambo (guerrero valiente). Sin embargo, un día, quizás luego de una batalla en la que una vez más humilló a sus enemigos, Naamán se fue a bañar en su lujosa tienda, y de repente, en medio de la tina caliente su fabuloso mundo se derrumbó en un instante. Una mancha en su cuerpo, quizás en su brazo, en su pecho o piernas no dejaba lugar a dudas. No era una alergia, no era una herida que, en el fragor de la batalla no sintió, no. Era lepra. Una enfermedad no solo incurable, sino que deterioraba a sus víctimas de una manera lenta y espantosa. No solo la piel de los enfermos comenzaba a blanquear de una manera seca y rojiza, sino que además sus capacidades cognitivas se iban deteriorando al punto que perdían la sensibilidad y se dañaban sus cuerpos de manera involuntaria.

¿Por qué a mí? Imagino que ese fue el primer cuestionamiento a sus dioses paganos. Yo, el número uno, el admirado y envidiado, el ejemplo viviente del éxito rotundo, ¿cómo puedo tener esta enfermedad penosa y degenerativa? ¿Por qué? Este hombre que lucía tan apuesto con su uniforme mientras cabalgaba en su poderoso caballo, se estaba deshaciendo por dentro, literalmente. Ahora bien, aunque es probable que tú nunca hayas visto a un leproso en tu vida, de acuerdo con la Palabra, el pecado no es diferente a la lepra. De hecho, es peor porque hace pedazos tu alma. El pecado corroe y va deteriorando nuestras habilidades cognitivas. Nos contamina y comenzamos a ver como normal lo que poco antes era intolerable. Empezamos a dejarnos guiar por las tentaciones, y comenzamos a hacer cosas que nunca pensamos hacer. Al igual que Naamán, nos aseguramos de cubrir con nuestras armaduras de éxito, riqueza y poder, la lepra de muerte eterna que se extiende por todo nuestro ser. Afortunadamente una joven cautiva que el ejército de Naamán había secuestrado, le ofreció la única y segura solución:

“Si rogase mi señor al profeta que está en Samaria, él lo sanaría de su lepra.” 2 Reyes 5:3b

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