La Obediencia que Produce Milagros – P1

“Beberás del arroyo; y yo he mandado a los cuervos que te den allí de comer. Y él fue e hizo conforme a la palabra de Jehová; pues se fue y vivió junto al arroyo de Querit, que está frente al Jordán.” 1 Reyes 17:4-5

Me impresiona la fe de Elías. Un hombre “sujeto a pasiones semejantes a las nuestras”, pero con una fe tan grande que en una oportunidad: “oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.” (Santiago 5:17). Luego de advertirle al muy malvado rey Acab (esposo de Jezabel) que vendría una gran sequía y, por ende, una hambruna, Dios lo mandó a esconderse junto a un arroyo y le dio estas simples pero absurdas instrucciones: 1) “Beberás del arroyo,” pero ¿cuánto puede durar su corriente si no va a llover?, y 2) “he mandado a los cuervos que te den allí de comer.” ¿Los cuervos? Si, los cuervos le traerían carne, ¡pero si los cuervos comen carne! Sin embargo, no hay registros de que el profeta Elías, quien tenía una muy íntima relación con Dios, haya preguntado, inquirido, dudado ni sugerido nada. Él simplemente obedeció: “pues se fue y vivió junto al arroyo de Querit.” ¿Qué ocurrió entonces? Lo que Dios había dicho: “Y los cuervos le traían pan y carne por la mañana, y pan y carne por la tarde; y bebía del arroyo.” La obediencia abre las puertas a los milagros.

Ahora bien, Querit significa cortado, separado, apartado. Dios preparaba a Elías para cosas muy grandes y a pesar de la situación tan difícil que se avecinaba, lo sustentaba sobrenaturalmente mientras lo entrenaba. Dios controla los tiempos y planes, y por alguna razón era necesario que Elías permaneciese allí. Y lo mismo pasa con nosotros. A veces creemos estar listos para el siguiente nivel, pero hay que esperar el tiempo de Dios. De hecho, Jesús mismo, después de su glorioso bautismo, fue enviado al desierto a pasar un ayuno absoluto de cuarenta días donde confrontaría a satanás. Ahora bien, volviendo a nuestra historia, Dios le daba instrucciones a Elías solo cuando era necesario moverse, no antes. Mientras él debía mantenerse junto a ese arroyo, Dios no le decía “tranquilo Elías, yo estoy acá, estarás acá tres semanas y luego te enviaré a este lugar…” No. El trabajo de Elías era permanecer en lo que Dios le ordenó, aunque a sus ojos la situación estuviera cambiando: el arroyo se estaba secando. Todos sabemos que los ríos y arroyos se secan poco a poco, e imagino que cada mañana cuando Elías se lavaba y bebía agua, notaba como la corriente se debilitaba, pero Elías esperaba y confiaba:

“Pasados algunos días, se secó el arroyo, porque no había llovido sobre la tierra.” 1 Reyes 17:7

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: