¿Tu Voluntad ó la Mía?

“Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.” Juan 14:10

Esta respuesta de Jesús a Felipe tiene oculto un secreto sobre el poder de Dios. Observa el verso nuevamente. Jesús le responde que las palabras que Él habla no son propias, no provienen de Él, sino que son inspiradas por el Padre que mora en Él. Pero al final pasa a hablar de obras, no de palabras. ¿Cómo tendría sentido la frase al menos para mí? Creo que sería algo cómo: “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él me las dicta (es decir Él me da las palabras, me las revela).” Pero no dice eso, sino que “él hace las obras.” Para Jesús, para Dios, palabras y obras son intercambiables, son sinónimos porque lo que Dios dice, ocurre; lo que Él declara, es imposible que no suceda. Creo que se entiende mejor si por un momento invertimos el orden de ambas palabras en el texto: “Las obras que yo hago, no las hago por mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, Él dice las palabras.” Jesús intercambia los conceptos de Palabras y Obras porque para Él, para el Rey del universo, hablar produce de una manera tan inmediata y exacta lo que Él dice, que son lo mismo…

Ahora bien, tú y yo tenemos la Palabra de Dios escrita. Nuestro Creador se tomó el trabajo de dejarnos sus mandamientos e instrucciones para que tengamos una vida verdaderamente plena en Él. Si eso fuera poco, mandó a su Hijo a morir en una Cruz para reconstruir el puente al Padre que nuestra rebelión había derribado. Ahora cada vez que desobedecemos su voz, tenemos acceso a la Gracia y podemos volver a reconectarnos con Él a través de la sangre derramada por Cristo. Del mismo modo, cuando oramos e intercedemos, sabemos por el estudio de su Palabra lo que Él quiere, lo que es de bendición y no de maldición, lo que bueno y no malo, lo que trae vida y no muerte. ¿Qué mejor manera de orar que declarando su Palabra, su voluntad? Cuando Jesús estando en Getsemaní, a punto de sufrir indescriptibles tormentos por ti y por mi le pidió al Padre una salida y no hubo respuesta, solo dijo: “…pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Lo mejor en nuestras vidas, familias y el mundo es la voluntad de Dios, “buena, agradable y perfecta.” Aun la disciplina de Dios ante nuestros errores es buena porque nos corrige “como al hijo que ama.” Busca con avidez su Palabra, estúdiala, y ora alineado con esa maravillosa voluntad. Y cuando percibas que tu anhelo, tu ruego no concuerda con el de Él, solo dile:

“pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Lucas 22:42

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