El Padre Nuestro – P1

“Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos…” Mateo 6:9

Los apóstoles le pidieron a Jesús que les enseñara a orar, y Él les da un bosquejo, un modelo de oración que empieza identificando al Ser al que le oramos, y a su ubicación física. Lo primero que los impacta es que lo llama Padre. Esto electrizaba de rabia a los judíos, sobre todo a los líderes religiosos quienes tenían un profundo amor y respeto por las tradiciones, y quienes llamaban a Dios Yahvé. Nunca antes se había escuchado a alguien llamar Padre a Dios, pero Jesús no se limitaba a llamarlo así, sino que iba más allá usando el término Abba, lo cual se traduce como Papá o Papi. La única vez que yo encuentro a Jesús llamando Dios al Padre fue en la cruz, cuando llegó el momento de la separación y le dijo: “… Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Marcos 15:34). En ese momento, toda la ira de Dios que debió venir contra nosotros por nuestros delitos y pecados se proyectó sobre Él, en Jesús el Hijo, el Mesías, quien tomó nuestro lugar para cumplir su obra salvándonos a todos los que hemos creído en Él.

Y al enseñarnos a orar, nos enseña a llamarlo de la misma manera: Padre. Pero la oración no es para hijos únicos, sino para el colectivo de su gente: “Padre nuestro.” Dios es el Padre, pero no solamente de nosotros sino de todos los creyentes. Eso nos da un sentido colectivo de interceder por todos. Lo que pido para mí lo pido para todos. No hay espacio para la envidia ni la codicia (“trata a los demás como quieras ser tratado”). Además, esta forma de orar nos da una cierta “posesión” sobre Dios porque, ¿no te llaman tus hijos “papi” o “mami”? ¿Y no los presentas como “tus hijos”? Entonces, ¿son tuyos o eres tú de ellos? Yo creo que ambos. Dios es mío y tuyo, de modo que es nuestro, y yo soy suyo y tú eres suyo, de modo que somos suyos. Lo que Jesús nos presenta es una relación íntima, personal, de Padre a hijo; no al ser distante y reverencial que enseñan las religiones. Él es un Padre cercano que nos escucha, que nos ama, que nos abraza y se deleita con nosotros. Somos aprobados por el Padre. Él está de nuestro lado y no en nuestra contra. Aunque no lo vemos, Dios si nos ve. Al igual que los ángeles, Dios se mueve en un mundo inmaterial donde no podemos verlos, pero desde allí nos ven claramente, al punto de que el Señor lleva una contabilidad de los cabellos de nuestra cabeza. Jesús es un Dios omnipresente, eterno y omnipotente, pero accesible, alcanzable, amigable. Él opera en la tierra, pero gobierna desde un lugar distinto: Los cielos…

“… que estás en los cielos …” Mateo 6:

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