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Mensajes de Liderazgo

“Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.” Lucas 1:20

El ángel hizo lo mejor que se puede hacer con un incrédulo: ¡enmudecerlo! ¿Te has fijado cómo cada vez que alguien dice: “tengo malestar” inmediatamente otra persona comienza a lanzar hipótesis sobre la causa? “Claro, es que con este clima, o el polen, las lluvias o ese aire acondicionado…” Y ante un dolor de huesos o alguna dificultad para leer: “los años no pasan en vano, ya no soy el mismo de antes…” Así es como a diario programamos nuestra mente pero, si le asignamos una causa a aquello que nos aflige, la próxima vez que nos encontremos en situación similar, esperaremos la aflicción, ¡y con certeza vendrá! Es la cara opuesta de la fe: el temor. Por eso dijo Job: “… me ha acontecido lo que yo temía” (Job 3:25b) ¡Ojalá el ángel Gabriel nos enmudeciera cada vez que vamos a hablar así! ¿Por qué?

Porque esas palabras son falsas, son argumentos y altiveces que se levantan contra el conocimiento de Dios. (2 Corintios 10:5). Son anti bíblicas porque están en contra de la Verdad. Jesús advirtió: “…lo que sale de la boca, del corazón sale; y esto contamina al hombre.” (Mateo 15:18) Lo que te contamina o te limpia, lo que te enferma o te sana, lo que te limita o te ensancha, es lo que crees, y se manifiesta en lo que hablas. Por eso debemos creer y hablar solo la Verdad. Jesucristo calificó al diablo como “mentiroso y el padre de mentira” (Juan 8:44b) de modo que si tú y yo le creemos ¡seremos hijos de sus mentiras! Luego Jesús prosiguió con una frase estremecedora que debe sacudirnos: “Y a mí, porque digo la verdad, no me creéis.” (Juan 8:45). Somos prontos para creer la mentira y tardos para asimilar la verdad. Urge cambiar porque solo los discípulos de Cristo “conocerán la verdad y la verdad los hará libres” (Juan 8:32). Esto es lo que diferencia al creyente del incrédulo: El primero oye la Verdad, a Cristo; el segundo a la mentira, al diablo. Si deseas reprogramarte debes comenzar por hacerlo tu dueño, solo entonces podrás oírlo:

“El que es de Dios, las palabras de Dios oye; por esto no las oís vosotros, porque no sois de Dios.” Juan 8:47

“Dijo Zacarías al ángel: ¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada.” Lucas 1:18

El ángel Gabriel trajo maravillosas noticias a Zacarías: a pesar de la esterilidad de Elisabet, su esposa, y la vejez de ambos (verso 7), ella dará a luz un hijo que tendrá un nombre nuevo y diferente: Juan (no Zacarías II). Además le advierte que “será grande delante de Dios” (verso 15) y por si fuera poco, desde ya le asigna una gran misión: “hará que muchos de los hijos de Israel se conviertan al Señor Dios de ellos” (verso 16). Zacarías era un líder espiritual; él y su esposa “andaban irreprensibles en todos los mandamientos y ordenanzas del Señor” (verso 6), y además él estaba viendo con sus propios ojos la gloria del ángel Gabriel. Sin embargo, su pregunta fue inesperada: “¿En qué conoceré esto? Porque yo soy viejo, y mi mujer es de edad avanzada” (verso 18). En otras palabras: “¿cómo es posible que algo así suceda? No es posible ni lógico, no hace sentido…ya somos viejos y estériles, demasiado tarde Señor.” Dos fuerzas opuestas colisionaron: por un lado, la Palabra de Dios, verdadera e irrefutable, y por otro, la mente de Zacarías, demasiado estrecha para concebir dicha verdad.

¿Qué clase de verdad cabe hoy en tu mente? ¿Está saturada con la costumbre y aquello que siempre se ha hecho? O tiene espacio para creer y crecer por cosas mayores… A veces sin percatarnos, limitamos la Verdad para que quepa en nuestra mente (así nace la religión) en vez de ensanchar nuestra fe para abarcarla. Pero, ¿podemos minimizar al gigantesco tren para que pase a través del túnel del parque infantil? No, ¡es necesario derribar el pequeño parque y construir un mayor riel! La gran colisión entre la Verdad y nuestra fe debe pulverizar nuestras fortalezas y paradigmas, en vez de intentar minimizar a Dios. ¿Sabes lo que hizo el ángel cuando oyó a Zacarías negándose a la Verdad? Protegerlo a él y a los demás de sus palabras de incredulidad:

“Y ahora quedarás mudo y no podrás hablar, hasta el día en que esto se haga, por cuanto no creíste mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo.” Lucas 1:20

“Y él dijo: Ven. Y descendiendo Pedro de la barca, andaba sobre las aguas para ir a Jesús.” Mateo 14:29

¿Cómo enseñaste a caminar a ese bebé, en la calzada de una autopista? Y más tarde a nadar, ¿en unas cataratas? Y la bicicleta, ¿le empujaste por esa calle empinada y cerraste tus ojos, esperando oír sonidos metálicos y luego llanto? Claro que no, le hiciste caminar sobre suaves colchas, aprendió a nadar con el agua debajo de la cintura, y corriste mucho a su lado, sujetando su asiento, aún teniendo la bici rueditas adicionales. Te felicito, lo hiciste todo tan hermoso, cuidando cada detalle. Le enseñaste a la vez que le protegiste. Y ¿qué hay de ti? No lo recuerdas pero seguramente hubo alguien que apartaba cada obstáculo hasta que ganaras confianza y a cada pasito, te daba una gran ovación.

Y ahora ¿qué estás aprendiendo? ¿A batallar con un cáncer, a rescatar tu matrimonio, adaptarte a un nuevo ambiente o a recuperar a ese hijo descarriado por quien te sientes tan culpable? Quizás sea a perdonar o dejarte perdonar por Dios. ¿Aprendes a soñar? ¿A caminar sobre las aguas? ¡Pues tú vas a vencer! ¿Cómo? Yendo a Jesús que te dice: “Ven” y obedeciendo como Pedro, de inmediato, a pesar del miedo. La única forma de bajarse de una barca “azotada por las olas” (verso 24) en el medio del mar es saltando, y Pedro lo hizo en la oscuridad de la noche, esperando apoyar sólidamente sus pies ¡sobre la espumosa agua! Pero Él sabía que el Maestro no lo desampararía porque Él es un buen Padre, y ni tú ni yo somos mejores. ¿Crees que Él te entrenaría fuera de Su control? ¡Jamás! Cuando Pedro, luego de haber avanzado varios pasos desvió su vista al fuerte viento, y con miedo comenzó a hundirse (verso 30), el Señor inmediatamente extendió Su mano y lo asió. A pesar de la oscuridad, del frío, de las olas; a pesar de la aparente imposibilidad, Jesús tenía todo bajo control, y cuidaba atentamente la vida de Pedro así como cuida de la tuya. Él no permitirá que te ahogues porque Él lo ha prometido:

“Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán. Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti.” Isaías 43:2

“Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.” 3 Juan 1:2

Bíblicamente nuestra alma incluye: nuestros pensamientos (paradigmas, intelecto), nuestros sentimientos (buenos y malos) y nuestra voluntad (deseos). Si bien, este es el apóstol Juan escribiéndole a su querido discípulo Gayo, es una metáfora del amor de Dios por nosotros. Él quiere que seamos prosperados en todo (no solo en una o dos áreas aisladas) y que tengamos salud, “así como” prospera nuestra alma. Este “así como” significa en la medida de, de la misma manera que o según lo permita, tu alma.

Del mismo modo que un río no puede transportar más agua de la que cabe en su cauce porque si lo hace, se desborda, tú y yo tampoco podemos prosperar más allá de lo que “cabe” en nuestra alma. Si llega más dinero, más éxito o mayor poder de aquel para el que estamos listos (más del que podemos “transportar”), entonces nos desbordamos (en arrogancia, orgullo, desorden, vanagloria, etc.) con todas sus consecuencias. Así como el río nace en las alturas y riega toda la tierra, produciendo vida hasta fundirse con el mar, busca primero en las alturas la Presencia de Dios, Su Palabra para tu vida, Su bendición y complacencia, y entonces ve y riega la tierra, produciendo vida. No pidas más riquezas si lo que quieres hacer es una represa porque, en un estanque sin corriente, el agua se vuelve lodo y se pudre, no sirve para riego y los peces mueren. Pero si quieres prosperidad divina, integral, completa, pídele a Dios que ensanche el cauce de tu alma para que tengan sentido tu vida y todo aquello que de Él recibes. Pídele que te dé madurez para cultivar tu matrimonio, sabiduría para instruir a tus hijos, inteligencia para trabajar con excelencia, liderazgo para guiar tu ministerio, protección para los tuyos, gracia delante de tus superiores y discípulos, mayordomía para administrar tus recursos económicos, cualesquiera que sean y, sobre todas las cosas, pídele más de Su Presencia, más de Su amor en tu vida, más de Su revelación, de Su consejo, de Su amistad; solo así tendrás salud y un alma ensanchada para prosperar y hacer prosperar Su Reino en la tierra.

“Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra, y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra, y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.” Isaías 55:10-11

“Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros.” Juan 15:18

Siempre he admirado a los buenos guitarristas y recuerdo que hace algunas décadas, los “metaleros” comenzaron a arrojarse al piso mientras ejecutaban solos virtuosísimos. Recientemente vi en televisión a una banda cuyo guitarrista también se arrojó al piso con aún mayor fuerza y agresividad… solo que ¡casi no sabía tocar! Vivimos en un mundo donde lo esencial es llamar la atención, atraer, impresionar…. Lo primordial no es el fondo sino la forma, no lo que haces sino cómo lo haces. Lo que pareces ser importa más que lo que realmente eres. Pero cuando Isaías describe a Jesús, dice que «no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos» (Isaías 53:2b) Jesús cambió completamente la atmósfera espiritual del planeta y la historia de la humanidad, para siempre, pero no lo hizo con efectos especiales sino con humildad; no con mañosa astucia sino con sabiduría; no con estrategias ni propaganda sino con poder y santidad; no como el presidente de una poderosa nación ni como un multimillonario, sino como simple carpintero… Y claro, ¡muchos le aborrecieron!

Jesucristo llama a Satanás el príncipe de este mundo (Juan 12:31, 16:11) y dice además que ni Él ni sus seguidores somos de este mundo (Juan 17:16), de modo que si nadie te aborrece, evalúa tu caminar porque quizás estés encajando demasiado bien en este mundo (del griego Kósmos = sistema de cosas). Del mismo modo que tú y yo  queremos que nuestros hijos sean firmes y genuinos, y que no sean influenciados al mal por sus compañeros de estudio o amigos, Dios quiere que seamos fieles a Él y que no estemos tan preocupados por lo externo. Si muchos aborrecieron a Jesús que era la Plenitud de la Deidad (Colosenses 2:9), ¿por qué debe extrañarnos que también algunos aborrezcan a quienes pretendemos seguirlo? No te afanes ni entristezcas, un poco de aborrecimiento puede ser un buen síntoma, quizás signifique que eres fiel al Padre y a tus convicciones, un creyente genuino. Por eso el apóstol lo advirtió desde hace casi veinte siglos:

“Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece.” 1 Juan 3:13

“Yo el Predicador fui rey sobre Israel en Jerusalén.”Eclesiastés 1:12

Por muchos años tuve el paradigma de que servir a Dios implicaba un gran sacrificio: abandonar la carrera profesional, renunciar a toda potencial prosperidad financiera y además, apartarme un poco de mi familia. ¡Qué miedo! ¡Y todo por las exigencias del ministerio! Sin embargo vemos que Salomón predicaba y escribía a la vez que gobernaba y juzgaba. Podemos hacer más, mucho más, pero con frecuencia nos enfocamos tanto en la tarea que se nos olvida el propósito por el cual la ejecutamos. Salomón sabía que su esfuerzo tenía un fin mucho mayor que él mismo, y que su trabajo en el ámbito natural y el Reino espiritual están conectados. Cuando comprendes que cada esfuerzo es un pequeño ladrillo en la construcción del Reino de los Cielos, y que hay recompensa para aquellos que Le seguimos, entonces tu perspectiva cambia y cualquiera que sea el tipo y lugar de trabajo donde Dios te puso, se convierte en poderosa plataforma para iluminar.

Servir a Dios no es un sacrificio sino un placer, no es una tarea  sino un privilegio, no es una renuncia, es una concesión, un gozo continuo. No se trata de llevar una nueva carga sino de soltarlas todas. Él no es una “cruz” sino diaria resurrección… No elijas la orfandad teniendo al mejor Padre, no ignores lo espiritual tras lo natural. Pon a Dios primero. Si te agota servir a Dios es porque lo estás haciendo según tus fuerzas, tratando de traer tu propia visión pero no se trata de nosotros sino de Él. Entrégale a Dios todo lo que haces, mantén todo bajo Su perspectiva, no dejes nada fuera de Su unción, de Su bendición, sin Su participación. Coloca en Sus manos lo que te apasiona, busca agradarlo en cada detalle, aún los insignificantes. Dale más espacio en tu día a día, esfuérzate por traer Su Reino a la tierra, y tendrás recompensa. Es imposible superar la generosidad de Dios, Él siempre te dará mucho más de lo que te pide…

“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” Mateo 6:33 

“Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande?”  1 Reyes 3: 9

Esta fue el pedido de Salomón cuando, recién nombrado rey, Dios le preguntó que deseaba. Él no pidió poder, riquezas, larga vida ni la cabeza de sus adversarios; la prioridad del joven dignatario era cumplir el mandato de Dios, lograr aquello para lo que Dios lo había puesto allí: juzgar a Su pueblo. Salomón, a diferencia de la mayoría de los líderes, no se consideraba rey sino siervo, y reconocía que el pueblo gobernado le pertenece a Dios, no al dirigente de turno, por eso, en vez de contratar asesores o de aplicar su ideología política, Salomón le pidió sabiduría al Creador, reconociendo que el reto de dirigir a esa multitud era muy grande y que él, por sus propias fuerzas, no lograría hacerlo con excelencia. Salomón asumió la posición que Dios le dio, sin temor al reto pero con temor a Dios.

¿Qué haces cuando eres promovido, asumes liderazgo en tu comunidad o tu negocio prospera? ¿Recuerdas que es Dios quien te pone en lugar de autoridad y que solo Él es dueño de ese “pueblo” así como de los recursos que gerencias? ¿Le pides sabiduría para “discernir entre lo bueno y lo malo” o confías en tu propio juicio? Este discernimiento es clave porque mientras mayor es el poder, mayores también las tentaciones, y esa anteriormente clara línea entre el bien y el mal puede difuminarse. En los versos siguientes vemos como la humildad de Salomón, junto al deseo de cumplir exitosamente su misión, agradó a Dios Verso 10 y fue la clave para que le diese mucho más de lo que pidió: “he aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú.” Verso 12 No limites a Dios aferrándote a la bendición como si fuese tuya, olvidando a Aquel que te la dio. Permanece fiel y esforzado, da lo mejor pero desde tu lugar, para Su gloria, y a Su tiempo Él te dará más de lo que esperas:

“Y aun también te he dado las cosas que no pediste, riquezas y gloria, de tal manera que entre los reyes ninguno haya como tú en todos tus días.” 1 Reyes 3: 13

“En tu mano están mis tiempos;…” Salmos 31:15a

Nuestra mente occidental se concentra, por lo general, en lo inmediato, manteniéndonos alerta a las cosas que van acontecer en los próximos minutos u horas (aunque sean irrelevantes), y distraídos de las cosas futuras, aunque sean muy importantes. El resultado es predecible: el tiempo no se detiene y siempre van surgiendo nuevas cosas inmediatas que, aunque irrelevantes, ahora nos parecen urgentes, en un círculo vicioso. Así postergamos continuamente aquello que es esencial, hasta que el tiempo parece acabarse, despertamos, y corremos a tratar de recuperarlo. Por eso contamos los minutos cada vez que nos hallamos fuera de nuestra zona de confort (en nuestra zona de crecimiento), magnificando nuestra percepción de las circunstancias actuales e ignorando que estos retos y obstáculos son parte de un plan superior. Y ¿qué mejor manera de quitarnos la ansiedad de lo pequeño e inmediato que con satisfacciones pequeñas e inmediatas? Y así nos unimos al club de lo fácil e irrelevante, usando lo superficial para abatir el aburrimiento, con esfuerzos estériles, pequeños e incompletos…

David, en cambio, vivía enfocado en un plazo mayor. Por eso le perdonó dos veces la vida al rey Saúl, quien quería asesinarlo. Él ya tenía una profecía de que sería rey 1 Samuel 16:13 de modo que no se desesperaba porque Dios, a Su tiempo, actuaría en su favor. José, por su parte, soportó la traición de sus hermanos, la esclavitud y la prisión, porque él tenía un gran sueño y sabía que, a Su tiempo, se haría realidad Génesis 37:8. Dios tiene tiempos diferentes a los nuestros. ¡Si tan solo pudiéramos estirar un poco nuestra percepción y enfocarnos más en la tendencia, más en aquello hacia donde nos movemos, y menos en los pequeños fracasos y retrocesos aislados! Solo así viviremos más conscientes de la trascendencia de nuestras vidas. Cuando guías tu auto hacia un lugar especial, ¡no vas contabilizando el número de curvas, desvíos ni paradas! Esos detalles son irrelevantes porque tú persigues un gran destino:

“Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria;” 2 Corintios 4:17