Tu mano vino sobre mí como frío viento de otoño, desnudándome al arrancar una a una, todas mis hojas. Solo meses después entendí que aquellas estaban secas, inertes, bloqueando el reverdecer de mi primavera.

«Y a la honra precede la humildad.» Proverbios 15:33b

 

Pensé buscarte pero ya Tú me habías encontrado, y mientras Te preparaba cena me di cuenta que era yo el invitado…

Procuré acercarte a mi familia solo para descubrir que soy Tu hijo, y cuando les hablé de Ti a otros, tan solo los hice recordarte.

Me empeñé en agradarte solo para descubrir que yo ya era Tu deleite así que, al comienzo de nuestro idilio, ya teníamos una larga historia.

Es maravilloso entender que, desde mucho antes de que yo me tomara por primera vez de Tu mano, desde siempre y sin siquiera percatarme, Tú has sido el mejor de mis amigos…

“Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.” 1 Juan 4:19

“Las casadas estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor;” Efesios 5:22

Esta es una de las citas de la Biblia que más se ha distorsionado en el mundo cristiano. Por un lado los hombres, guiados por la imaginación, el egoísmo y quizás delirios de grandeza, hemos querido ver en esta Escritura la justificación para ejercer dominio sobre la mujer, abusando de la autoridad en vez de liderando, anulándola con prepotencia en vez de edificándola con sabiduría. Por su parte muchas mujeres, ya acostumbradas también a esta perversa interpretación religiosa, creen que este es el plan de Dios para ellas, y por eso las vemos muchas veces pidiéndole permiso al esposo para estudiar, para decisiones menores sobre los hijos e incluso para servir a Dios. Pareciera que la mujer creyente fuese la extensión del hombre, alguien quien, al casarse, perdió toda su individualidad.

Pero acá no dice que el hombre es el señor de la mujer sino que la mujer debe sujetarse al marido como al Señor, es decir de la misma forma como ella se sujeta a Él. Ahora bien: ¿se sujeta la mujer a Dios a la fuerza? ¿Acaso vino un día el Espíritu Santo y la obligó a seguirlo? ¿La ofende o maltrata cuando comete un error o no hace Su voluntad? ¡Jamás! Dios respeta profundamente nuestra individualidad y valor. Él es nuestro Creador y nos ama. Él construye, no destruye; restaura, no mete el dedo en la llaga. Dios nos seduce, a mujeres y hombres, con Su amor, paciencia, santidad, sabiduría… y si, también con Su poder, pero solo usa ese poder para protegernos y proveernos, no para agredirnos ni degradarnos. La mujer es nuestra “ayuda idónea” Génesis 2:28 no nuestra propiedad, es “coheredera de la gracia de la vida” 1 Pedro 3:7 no nuestra empleada, ella es la “corona de su marido” Proverbios 12:4 no la suela de su zapato. Cuida, bendice, protege a tu esposa. ¡Ámate a ti mismo amándola a ella! Efesios 5:28 Trátala de una manera muy especial, mejor que a nadie; confía más en ella y te aseguro que no te arrepentirás…

“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella” Efesios 5:25

“Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.”  Efesios 5:33

En la mayoría de las comunidades en que vivieron nuestros ancestros, los hombres, más fuertes físicamente, salían a cazar y a la guerra para garantizar la supervivencia de sus tribus. Ellos tenían que “desconectarse” emocionalmente de sus seres queridos para enfocarse en su objetivo: sostener y proteger a sus familias. (Quizás esto explique por qué hablamos menos y somos por lo general menos empáticos que las damas). ¿Y cuál era su mayor satisfacción? Regresar a casa con animales para alimento, abrigo y otros fines, o con las cabezas de sus enemigos. Esto significaba honra, respeto, admiración y una autoestima que decía: “soy capaz, soy especial, soy un héroe porque protejo y proveo a mi familia.” Su llegada anunciaba provisión, éxito y paz, y era seguida de festejos abundantes, de narraciones de las hazañas y seguramente, de abundante sexo.

Pero hoy en día pocas mujeres calificarían de héroe al esposo por proveer sustento al hogar, independientemente de cuan duro o demandante sea su trabajo. ¿Te imaginas cómo se hubieran sentido estos hombres si, al momento de regresar gozosos, con alimento abundante y pieles, agotados pero satisfechos por lo que traen, felices de volver a ver a sus familias, éstas no salieran a recibirlos sino que los ignoraran completamente porque después de todo: “es su deber”? No hay nada más penoso que, después de un duro día de trabajo, llegar a casa y encontrar crítica y deshonra, pero así sucede frecuentemente en muchos hogares. Las mujeres trabajan muy duro también pero su necesidad de reconocimiento es generalmente menor, por eso Pablo no instruye a la mujer a que ame sino a que respete a su marido.” La primera necesidad del varón es respeto pero no en la forma de miedo sino de honra. Todo hombre anhela y necesita desesperadamente la admiración sincera de una mujer, mucho mejor si esta es su esposa…

“La mujer sabia edifica su casa; Mas la necia con sus manos la derriba.” Proverbios 14:1

“Por lo demás, cada uno de vosotros ame también a su mujer como a sí mismo; y la mujer respete a su marido.”  Efesios 5:33

En el pasado, cuando los hombres salían de cacería o a la batalla, las mujeres (más fuertes psicológicamente) se quedaban en la comunidad, desarrollando los sólidos nexos necesarios para convertir a esos grupos dispersos en un gran hogar colectivo. Ellas mantenían la unidad y la esperanza de la tribu mientras esperaban pacientemente y sin garantía alguna de que los hombres tendrían éxito. Las labores eran grupales, incluyendo la recolección de frutos (quizás eso explique su atracción por las compras), la fabricación de vestidos (quizás eso explique su interés por la moda) y la educación de los niños (quizás eso explique por qué no confían mucho en nosotros para cuidarlos). Imagino largas conversaciones nocturnas alrededor de una fogata, compartiendo sueños y temores, mientras se daban aliento y consuelo. Ellas no buscaban una solución a sus problemas, solo deseaban animarse y compartir su sentir; hablar y ser escuchadas…

¿Te imaginas que, al salir ellas gozosas y emocionadas a recibir a sus hombres que regresaban, éstos ignoraran toda la angustia de su soledad, los sucesos que acontecieron (quizás algún conflicto entre ellas), las últimas hazañas de sus hijos así como los atavíos que para ellos estaban usando? Después de todo “ellos hacen la parte dura…” Si, quizás el hombre hacía el esfuerzo físico pero ¿qué hay del esfuerzo continuo de educar espiritual, intelectual, emocional, física y socialmente a los hijos? Creo que es mucho más fácil salir a trabajar que convertir nuestra casa en hogar (además de que muchas mujeres también trabajan fuera de casa). Podemos ser tan egoístas que ni siquiera nos percatemos de sus necesidades, atrincherados en el viejo paradigma de que “nadie las entiende” pero, si observamos un poco más adentro y sin prejuicios, veremos la maravillosa bendición que significa tener una esposa. Ámala, protégela, exáltala; trátala de muchísima mejor manera que al resto de la humanidad porque solo ella es “carne de tu carne” Génesis 2:23 y anhela darte el mayor de los premios: ella misma.

 “Así también los maridos deben amar a sus mujeres como a sus mismos cuerpos. El que ama a su mujer, a sí mismo se ama.” Efesios 5:28

“Sea bendito tu manantial, Y alégrate con la mujer de tu juventud, Como cierva amada y graciosa gacela. Sus caricias te satisfagan en todo tiempo, Y en su amor recréate siempre.” Proverbios 5:18-19

Me encanta ver la manera limpia y sin religiosidad con que el Creador percibe nuestra sexualidad, al contrario del enemigo que ha sido tan exitoso en ensuciarla. Dios no ve el jugueteo íntimo como perverso, Él lo creó. El sabio Salomón enseña claramente al hombre a bendecir (cuidar, proteger, santificar) su manantial de vida. La virilidad es un don de Dios y no está hecha para cualquiera; sin duda se te dio para usarla, pero no para abusarla. Él quiere que el esposo haga a la esposa sentirse amada y atractiva, que ella sepa con certeza que él no necesita a nadie más, a nada más, solo a ella…

Yo he conocido a niños más capaces o educados que mis hijos pero jamás trataría de intercambiarlos; ellos son los que Dios me dio a mí, los míos. Los prefiero ante todos los demás, los disfruto más que a todos los demás y les doy mucho más que a los demás. Es mi decisión. Algo similar ocurre con la pareja: Salomón no le ordena a la mujer que satisfaga al hombre sino le dice al hombre que las caricias de ella “lo satisfagan a él en todo tiempo.” O sea que la decisión de ser satisfecho reside en quien recibe las caricias, no en quien las da. Lo mismo sucede con recrearse en el amor del otro. Tú decides recrearte en el amor de tu pareja, tú decides que sus caricias te satisfagan, tú decides alegrarte con ella y hacerla sentir amada y atractiva. El mundo dice que tu pareja debe brindarte satisfacción pero algunos quieren recoger flores donde siembran abrojos, espinas y cizaña. No puedes sembrar celos y cosechar confianza, no puedes sembrar agresión y cosechar ternura, no puedes manipular y cosechar lealtad. Enamórate cada día mas de tu cónyuge, Dios le hizo para ti, disfrútale, que sus caricias te satisfagan en todo tiempo y en su amor recréate siempre, y que tu pareja pueda decir de ti:

“Yo soy de mi amado, y mi amado es mío;” Cantar de los Cantares 6:3

“Da, pues, a tu siervo corazón entendido para juzgar a tu pueblo, y para discernir entre lo bueno y lo malo; porque ¿quién podrá gobernar este tu pueblo tan grande?”  1 Reyes 3: 9

Esta fue el pedido de Salomón cuando, recién nombrado rey, Dios le preguntó que deseaba. Él no pidió poder, riquezas, larga vida ni la cabeza de sus adversarios; la prioridad del joven dignatario era cumplir el mandato de Dios, lograr aquello para lo que Dios lo había puesto allí: juzgar a Su pueblo. Salomón, a diferencia de la mayoría de los líderes, no se consideraba rey sino siervo, y reconocía que el pueblo gobernado le pertenece a Dios, no al dirigente de turno, por eso, en vez de contratar asesores o de aplicar su ideología política, Salomón le pidió sabiduría al Creador, reconociendo que el reto de dirigir a esa multitud era muy grande y que él, por sus propias fuerzas, no lograría hacerlo con excelencia. Salomón asumió la posición que Dios le dio, sin temor al reto pero con temor a Dios.

¿Qué haces cuando eres promovido, asumes liderazgo en tu comunidad o tu negocio prospera? ¿Recuerdas que es Dios quien te pone en lugar de autoridad y que solo Él es dueño de ese “pueblo” así como de los recursos que gerencias? ¿Le pides sabiduría para “discernir entre lo bueno y lo malo” o confías en tu propio juicio? Este discernimiento es clave porque mientras mayor es el poder, mayores también las tentaciones, y esa anteriormente clara línea entre el bien y el mal puede difuminarse. En los versos siguientes vemos como la humildad de Salomón, junto al deseo de cumplir exitosamente su misión, agradó a Dios Verso 10 y fue la clave para que le diese mucho más de lo que pidió: “he aquí lo he hecho conforme a tus palabras; he aquí que te he dado corazón sabio y entendido, tanto que no ha habido antes de ti otro como tú, ni después de ti se levantará otro como tú.” Verso 12 No limites a Dios aferrándote a la bendición como si fuese tuya, olvidando a Aquel que te la dio. Permanece fiel y esforzado, da lo mejor pero desde tu lugar, para Su gloria, y a Su tiempo Él te dará más de lo que esperas:

“Y aun también te he dado las cosas que no pediste, riquezas y gloria, de tal manera que entre los reyes ninguno haya como tú en todos tus días.” 1 Reyes 3: 13

“En tu mano están mis tiempos;…” Salmos 31:15a

Nuestra mente occidental se concentra, por lo general, en lo inmediato, manteniéndonos alerta a las cosas que van acontecer en los próximos minutos u horas (aunque sean irrelevantes), y distraídos de las cosas futuras, aunque sean muy importantes. El resultado es predecible: el tiempo no se detiene y siempre van surgiendo nuevas cosas inmediatas que, aunque irrelevantes, ahora nos parecen urgentes, en un círculo vicioso. Así postergamos continuamente aquello que es esencial, hasta que el tiempo parece acabarse, despertamos, y corremos a tratar de recuperarlo. Por eso contamos los minutos cada vez que nos hallamos fuera de nuestra zona de confort (en nuestra zona de crecimiento), magnificando nuestra percepción de las circunstancias actuales e ignorando que estos retos y obstáculos son parte de un plan superior. Y ¿qué mejor manera de quitarnos la ansiedad de lo pequeño e inmediato que con satisfacciones pequeñas e inmediatas? Y así nos unimos al club de lo fácil e irrelevante, usando lo superficial para abatir el aburrimiento, con esfuerzos estériles, pequeños e incompletos…

David, en cambio, vivía enfocado en un plazo mayor. Por eso le perdonó dos veces la vida al rey Saúl, quien quería asesinarlo. Él ya tenía una profecía de que sería rey 1 Samuel 16:13 de modo que no se desesperaba porque Dios, a Su tiempo, actuaría en su favor. José, por su parte, soportó la traición de sus hermanos, la esclavitud y la prisión, porque él tenía un gran sueño y sabía que, a Su tiempo, se haría realidad Génesis 37:8. Dios tiene tiempos diferentes a los nuestros. ¡Si tan solo pudiéramos estirar un poco nuestra percepción y enfocarnos más en la tendencia, más en aquello hacia donde nos movemos, y menos en los pequeños fracasos y retrocesos aislados! Solo así viviremos más conscientes de la trascendencia de nuestras vidas. Cuando guías tu auto hacia un lugar especial, ¡no vas contabilizando el número de curvas, desvíos ni paradas! Esos detalles son irrelevantes porque tú persigues un gran destino:

“Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria;” 2 Corintios 4:17

“Y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.” Mateo 12:30

¿Cuándo perdí la capacidad de maravillarme y dejé de percatarme de los milagros de cada día? ¿Cuándo dejé de nutrir a mi alma y cómo no percaté de su raquitismo? ¿Cómo no me di cuenta de la maravilla de ser una sola carne con mi esposa, disfrutar a mis hijos y de lo fabuloso que es respirar, reír, llorar…? A pesar de las miles de tonalidades, mis ojos insisten en el blanco y negro y, con tanto amor alrededor, me enfoco en donde falta. ¿Cómo fue que comencé a despreciar el tesoro de cada minuto, viviendo como si nunca fuera a morir, mientras abandonaba mis sueños, como si ya estuviera muerto? ¿Acaso el nacimiento de un bebé es menos maravilloso porque ocurre uno cada pocos segundos? ¿No debería quedarme sin aliento con la luna llena, un atardecer o porque los brazos abiertos de Cristo en la Cruz también me abrazaron a mí? ¿Cómo aprendí a estar atento a lo que me falta y no a lo que tengo, teniendo tanto? ¿Por qué asumí que mis recursos me pertenecen y que merezco todo lo que recibo? ¿Dónde aprendí la ilusión de poseer? ¿Cómo me volví tan insensible y arrogante?

Bendito Creador: ¡Enséñame a amarte con todo mi ser! Sean tuyas mi alma, mi mente y mis fuerzas. Perdóname por haberme acostumbrado a vivir la vida como si me perteneciera, como si yo mismo me la hubiera otorgado. Discúlpame por asumir cada noche que, por la mañana, mis ojos volverán a abrirse y que aún estará Tu aliento en mi boca. Perdona mi hablar que es siempre yo, yo y yo, como si el universo girara solo a mí alrededor…. ¡Transfórmame! ¡Despiértame! Enséñame a ser realista, es decir a vivir “Tu realidad” en vez de mi ignorancia. Abre mi alma para que finalmente pueda entenderlo: La vida es maravillosa y es un regalo tuyo. No quiero desperdiciarla más. ¡Lamento mucho el haber desechado tantos regalos sin haberlos abierto siquiera! Ayúdame Espíritu Santo a vivir en una frecuencia más alta, con un corazón más alerta a Ti y menos a los engaños del mundo. A partir de ahora mismo seré agradecido y, como David:

“Bendeciré a Jehová en todo tiempo; Su alabanza estará de continuo en mi boca.” Salmos 34:1

“estando atestados de toda injusticia, fornicación, perversidad, avaricia, maldad; llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malignidades; murmuradores, detractores, aborrecedores de Dios,…” Romanos 1:29-30a

Esta lista contiene tan solo un tercio de los calificativos que Pablo utiliza para aquellos que “no tienen en cuenta a Dios” verso 28, pero ¿cómo se puede comparar al perverso con el que murmura? ¿No es acaso peor el calculador homicida que mi vecino chismoso? Según esta cita: con la misma intensidad con que Dios reprueba el asesinar, reprueba el murmurar; Él no tiene diferente niveles de tolerancia para diferentes errores, porque: “cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos.” Santiago 2:10 Nosotros tenemos la Gracia de Cristo y no estamos bajo la Ley, pero eso no significa “licencia para pecar.” No podemos ser medio envidiosos, un poco homicidas o casi avaros del mismo modo como no podemos ser casi honestos o medio santos, pero nuestra justicia nos confunde, magnificando los errores ajenos y minimizando los propios. La murmuración evidencia que nos consideramos superiores…

Todas estas inclinaciones tienen un denominador común: Una “mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” verso 28. Reprobado es aquel que no es aprobado. La buena noticia es que Dios es misericordioso y, “cuando el pecado abundó, sobreabundó la gracia” Romanos 5:20. Por eso el llamado es para que tengamos en cuenta a Dios de modo que seamos aprobados. Pocas cosas son más decepcionantes que un ser querido hablando mal de tu hijo, y hiere aún más si lo que dice es cierto… Entonces ¡tengamos en cuenta a Dios y no le hagamos lo mismo! La próxima vez que sintamos la tentación de hablar mal del jefe, del vecino o un familiar, detengámonos un instante y tengamos en cuenta a Dios. No importa si lo que vamos a decir es cierto o no, ese no es el punto; lo que si importa es que el problema no está en esa persona sino en nosotros, en nuestra mente reprobada que, al no tener en cuenta al Padre, hace lo que no conviene.

“¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?” Romanos 2:3